Como mis fieles y leales lectores saben, los sábados no se trabaja en Israel, y tampoco en el pueblito en que vivo. Lo que quiere decir – simplemente – que si uno quiere un buen brunch el sábado por la mañana, debe viajar a otro lado. No es que no haya donde comer por aquí, pero ya hemos probado los dos o tres únicos lugares que hay, en definitiva, sin gran entusiasmo por los resultados.
Así que, seducidos por la publicidad en uno de los cinco periódicos gratuitos locales (¡sí, hay cinco y son todos gratuitos, pagados por la publicidad y demagógicamente subvencionados por la municipalidad, con nuestros impuestos, obviamente!), decidimos viajar a otro pueblito, más o menos similar al nuestro, en el camino a Jerusalén, pero vía una ruta secundaria, que de paso poco tiene que envidiar a los paisajes de la Bohemia checa con sus bosques espesos y sus valles emplnados.
Pueblo tranquilo, si los hay, Zur Hadasa: chiquilines en bicicletas por las avenidas, grandulones en bicicletas por todos lados, sobre todo en las rutas – verlos pedalear en la subida de las colinas produce piedad… – y al fondo del valle, un patio de equitación bordeado por la confitería, en cuyo balcón los burgueses de la zona devoran los omelettes sabatinos rodeados de perritos regalones y cochecitos de bebés.
En la panera del brunch se había entrometido un trozo de cierta exquisita tarta, de sabor poco definible con toques de canela y alguna que otra pasa de uva, esponjosa, suavecita: una delicia.
Terminamos de devorar los huevos con chorizo, queso Saint Mor y salsa picante, de tomar el café pertinente y nos enfocamos a un postre digestivo: pedimos más de esa tarta anónima.
El camarero que trajo el café no sabia de esta mentada tarta; tampoco la joven que había tomado el pedido. La matrona enfurruñada que oficiaba de maitre no tenía ni idea de qué estábamos pidiendo. Misterio total.
Salimos del salón después de un simple café de postre, y topamos con el chef, regordete con barbita “mosca”, que fue debidamente – y sinceramente – felicitado por su versión mesoriental del típico pisto andaluz, aunque…
Se sobresaltó: ¿cómo es que encontramos objeciones a su comida?. No podía creer que entre sus exquisiteces se hubiese infiltrado una exoticidad con canela y pasas: simplemente ¡imposible!. Pidió que le esperemos un momento, que debía investigar y desapareció tragado por las nubes de vapor de la cocina.
Unos momentos más tarde, salió uno de sus ayudantes con una bandejita de plástico en la mano – parece que la tarta de zanahoria que tanto nos gustó… era el postre que se había traído el chef de la confitería que su familia tiene en Yaffo: el chef nos la mandó de regalo: el gordito renunció a su tarta para conformar al cliente.
Hay gente buena, incluso en otros pueblitos.
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