Situaciones fuera de control

Situaciones fuera de control

Hace un montón de años, en Perú, el Presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Agricultura de la ciudad de H. me invitó a presentar a sus asociados la feria internacional Agritech, una de las mas novedosas y sofisticadas del mundo en tecnología agrícola.

Me dijo que, después de mi presentación, los asociados, en especial los agricultores, estarían encantados de mostrarme a su vez sus proyectos de desarrollo, lo que me pareció bastante interesante para mi cultura general, pero poco práctico para lo que yo podría hacer por ellos. Igual acepté.

La sala estaba repleta de gentes variopintas, en las que predominaba – finamente hablando – la cultura indígena y la modestia en el vestir: era evidente que los campesinos de la zona vinieron en pleno, no para oírme, sino para ser oídos.

Después de recitar mi discurso (¡hasta yo mismo estaba aburrido de la tecnología de avanzada!), el Presidente de la Cámara cedió la palabra a los asistentes que, todos a la vez, comenzaron a hablar, mas o menos a los gritos: la situación se escapaba de control, cuando el Presidente se puso de pie e amonestó a los asistentes: “¡Por favor, hablen por orden de llegada!”.

Los campesinos callaron, se miraron un momento, y uno comenzó a contar su historia, y luego otro, y un tercero, hasta el último.

Poco pude hacer por resolver sus problemas, pero ellos me enseñaron lo que es educación y respeto.

Me acordé de los campesinos peruanos, quizás iletrados y seguro humildes, cuando – hace pocos días -  el Presidente de la Republica de San Cristóbal (nombre ficticio) aceptó, después de un almuerzo empresaria,l reunirse con hombres de negocios para estudiar proyectos de inversión o desarrollo en su país.

Así fue que, en la antesala del cuarto que ocupaba el visitante, el Director General de las Industrias “X” y el Presidente Ejecutivo de las Empresas “Y”, acompañados ambos por un séquito homogéneamente vestido por Armani, casi llegan a las manos para dirimir cuál de ambos era el que debía entrar primero, en tanto que los representantes de las Fabricas “W” y los dignatarios de la Sociedad “Z”, calzados por Lugo Conti, dirimían a los impproperios su derecho a entrar a la audiencia. Un poco más afuera, los agentes de la Compañía “A”  – unos con corbatas de seda Burberry’s, otros con Brioni – se habían quedado protestando porque los del Consorcio “B” se les habían adelantado… Yo me fui, antes que la situación se saliera de control.

¿Indígenas civilizados o capitalismo salvaje?

VENECIA

Varios amigos, que además son fieles y leales lectores de este, vuestro blog, me pidieron que, además de la ironía del Bestia y la Gorda, contase algo sobre nuestras vacaciones.

Allá va, pero antes, un breve

PREFACIO

En una velada a la que fui casi por casualidad, una veterana literata me explicó que ella escribía prosa y poesía, teatro y fábulas, traducía de varios idiomas a otros tantos y un largo y detallado etcétera.

Tras su parrafada, me preguntó “Y usted, joven, ¿qué escribe?”, a lo que contesté ¨Memorandums, señora, memorandums” (sin gran respeto a los plurales latinos).

¿A qué voy? A que en general soy poco dado a escribir sobre sensaciones, sentimientos y todas esas cosas que son difíciles de definir, por lo que trato de ceñirme a – como diría Ortega – “las cosas”.

VENECIA (ahora sí, en serio)

Se puede visitar Venecia de varias maneras: con o sin mentor turístico, con o sin libro de viajes, hasta con o sin mapa.

Nosotros decidimos visitarla al azar de los zapatos, en especial ese domingo por la mañana, en que salimos del hotel a la tempranera hora – para Venecia – de las nueve.

Subimos a un puente, pasamos bajo un arco, cruzamos un canal y avanzamos a paso relajado por una callejuela, creo que la de Sacchere, posiblemente una de las más intrascendentes de toda la ciudad.

En eso estábamos, cuando nos sobrepasó un grupo de damas y caballeros prolijamente vestidos de camisas blancas y pantalones – o faldas, según el caso – negras. Tan intrascendentes como la propia calle, que se perdieron allí adelante sin que les prestásemos casi atención.

Seguíamos por Chiovere más o menos rumbo al puente del Rialto, cuando del frente nos llegó un eco coral: sonaba como un Ave María más o menos renacentista, difícil de identificar. Arrastrados por el sonido, llegamos a la famosa Escuela Grande de San Rocco, frente a la cual el coro – que de eso se trataba – cantaba… solo y simplemente para su placer.

Confieso que se me erizó el vello de los brazos y se me hizo un nudo en la garganta de la emoción: ¡una veintena de personas cantando armónicamente por el simple placer de hacerlo!.

Los tres o cuatro que estábamos allí aplaudimos entusiastas y el coro siguió su camino.

Nosotros fuimos un poco para aquí y otro para allá, subimos a otro puente y cruzamos otro canal… hasta que de nuevo nos llegó el sonido del coro.

Esta vez cantaban “Tras el arco iris” (Over the rainbow) y un puñado de gentes los escuchaban arrobados, frente a la iglesia de San Polo. De nuevo se me pusieron los pelos de punta de la emoción.

Porque Venecia es más que los canales, las góndolas, los palazzi y los cafecitos en Piazza San Marco: es una música “porque sí”, como la de un grillo barroco, que eso era, finalmente, Vivaldi.

Regreso a casa

Como mis fieles y leales lectores podrán haber apreciado, estuve ausente (también del blog) por varias semanas.

Pero todo termina, y también las vacaciones, y con ello se produce el regreso, que se inicia en el momento de llegar al aeropuerto: esta vez fue Milán.

El vuelo era a las 12; nos levantamos a las 5 para cerrar maletas y ponerlas afuera de la habitación del hotel, para que las llevaran al bus. El afable y amable chofer (esloveno, por más datos) se ocupaba de pasarlas del suelo al maletero. Yo, para ayudarle, le fui haciendo poner antes las valijas de los viajeros más mayores, permitiéndoles subir a sus asientos; así que las nuestras quedaron para el final. ”El Bestia” (lo llamábamos así cariñosamente) comentó: “¡Qué vivo, organiza la carga de las valijas para que la suya salga primero!”, con lo que consiguió disgregar en parte mi buen humor matutino.

Partimos.

“La Gorda”, esposa del “Bestia”, abrió su bolsa del desayuno y desperdigó migas por todo el pasillo, quejándose en voz potente y plañidera: “¿Por qué me dieron sándwich de queso si pedí de jamón?”. Ella percudió aún más mi buen humor.

Intenté dormitar. El Bestia y la Gorda, en el asiento delante de mí, reñían enérgicamente sobre si la ventilacion del bus era muy fuerte o muy débil. Pensé en Heráclito (“Todo pasa”) y logré ignorarlos.

El Bestia y la Gorda me despertaron al quejarse a toda voz por el embotellamiento antes de Milán, acusando al chofer de polaco antisemita (insisto, Wilco, el chofer, era esloveno). Dada la situación, la guía decidió parar para un café una vez superado el atasco.

El Bestia y la Gorda discutieron con la cajera el precio de los croissants, y dejaron oír su opinión crítica sobre la limpieza de los baños – a mi modesto ver, por demás limpios y ordenados. También me sermonearon por tomar café con leche fría, “si con leche caliente cuesta igual, ¿por qué no aprovechar?”.

Llegamos al aeropuerto. Del chofer no se despidieron ni le dieron propina, porque adujeron que era un ruso antipático (por si lo olvidaron, era esloveno). El Bestia y la Gorda protestaron al entrar en el edificio por lo frío del aire acondicionado; luego rezongaron por la cola para revisar las maletas y despacharlas; después, porque la empleada de El Al no hablaba hebreo, sino italiano.

El avión se atrasó en despegar una hora: una combinación con varios viajeros estaba demorada, y hubo que esperar. El Bestia y la Gorda comentaron airadamente la situación durante todo el trayecto y juraron no volver a volar a Italia.

Espero que sea cierto.

Hutzpá

Hutzpá es una palabra en hebreo, que se puede traducir como “desvergüenza”.

La muy famosa en su tiempo “Hutzpá Israelit” es una variedad local, muy difundida en el pueblito donde vivo, como verán en la foto que agrego.

Para los que no se fijan en detalles, vean que las líneas de estacionamiento van para un lado, y el auto, para el otro.P070609_15.52

Y no era el único:

P070609_15.50

¿No les parece curioso? Es que en hebreo, se escribe de derecha a izquierda…

Esta vez cedo la tribuna

Mis leales y fieles lectores saben que – salvo una que otra excepción – me gusta hablar en primera persona. Como decía un humorista (Carlos Garaycochea, ¿qué se habrá hecho de él), “hablo de mí porque me tengo siempre a mano”.

Esta semana estuve muy ocupado en la escritura de mi novela en ciernes, que no será un best seller por el simple motivo de que no será puesta en venta, y esto ultimo por la más simple razón de que nadie en su sano juicio pagaría un céntimo por una novela escrita por mí. Como mucho, esperará que se la regale para su cumpleaños.

Así que descuidé mi blog. Lo lamento, porque había varias cosas sobre las que escribir, a pedido de mis amables seguidores: una nueva amiga quiere que describa mi pueblito, quizás con la esperanza de convertirme en universal, como diría Tolstoi.

Otra me pidió consejo sobre los medicamentos a tomar contra la alta presión, cosa que me niego a hacer porque no soy medico y mi presión, a pesar del post en el blog, (el que no lo leyó, que busque en el índice) es bastante normal, cosa que desespera, como recordarán, a mi médica de familia.

Un tercero simplemente me pidió chistes: le recomiendo recorrer la web, y los encontrará a miles. Y si no, las páginas de los periódicos, en particular las que tratan la política latinoamericana, aunque las otras latitudes no se salvan de la chifladura.

Pero, ¿por qué no?. Más aún, si alguien lo hizo antes que yo, y mucho mejor de que yo podría hacerlo: el talentoso, serio y a la vez jocoso catedrático Dr. Carlos Malamud, que desde varias publicaciones académicas y no tanto sobre temas socio-políticos latinoamericanos descarga erudición y a la vez humor… y es un gozo leer sus crónicas y análisis de actualidad. ¿

Quieren un ejemplo, mis fieles y leales lectores?: visiten la publicación virtual “Ojos de papel” en su edición de principios de este mes

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=3166

donde Malamud se encarga, bajo el título de “Lugares comunes latinoamericanos: el esperpento político” de Evo Morales, Hugo Chávez, Cristina Kirchner y su marido, y del inefable ex obispo Lugo, en quienes descubre una veta rayana con el absurdo literario más imaginativo.

Los que – por motivo de edad, salud, obligaciones laborales o simple obsecuencia – tengan la obligación de ser “politicaly correct”, deberán perdonar esta sonriente distorsión, mía y de Carlos.

Para completar mi pretensión de escabullirle el bulto a la responsabilidad, diré simplemente “Esta vez cedo la tribuna”: lo cortés no quita lo valiente.

Las peripecias papales

Las peripecias papales

 Unos cuantos de entre mis fieles y leales lectores expresaron preocupación por el tema de  la visita de Su Santidad a Tierra Santa. Si no sabe Ud. de qué se trata, lea la nota anterior en este blog.

Hubo los que preguntaron como es que un judío puede recibir invitaciones a la misa que celebró en Jerusalén. Otros, simplemente quieren saber como fue – o mejor dicho,  que tal me pareció la misa. Lo hubo que me pidió un reportaje estilo “Hola” o “Gente”, con cotilleo sobre quiénes mas estuvieron, cómo estaban vestidos/as… hasta uno me pidió que le mande una foto exclusiva del o con el Papa en persona.

 La cosa no es tan simple, y merece un recuento detallado: el análisis vendrá después, pero primero los hechos.

 Recordarán que la esposa de mi amigo E. me telefoneó dos dias antes de la misa, para afirmarme que no había escapada ni excusa: dos entradas estaban ya en manos de E., una a su nombre, la otra al mío. Pensé que sería un desaire muy grande a alguien (¿… quizás S.S. Benedictus XVI en persona?) si es que declinaba tan gentil – y exclusiva – invitación: iba a ser uno de los 500 que asistirían a  la ceremonia en el palco delantero, con sillas especialmente acolchadas y reservadas a titulo personal, con nombre y apellido.

 E. y yo intercambiamos el día anterior varias conversaciones telefónicas: debíamos arreglar a qué hora subiríamos al “shuttle” que llevaría a los VIP desde la llamada “Colina de la Munición” hasta la entrada del Getsemaní, lugar de la misa, que comenzaría a las 16.00. El traslado comenzaba a las 13.00 y finalizaba a las 15.00, hora en que se cerraba la entrada al sitio. Así que teníamos una hora de plantón (o de sentadón) como mínimo.

 Si subíamos a las busetas muy temprano, esperaríamos más; si lo hacíamos muy tarde, corriamos el riesgo de que nos cerrasen la entrada y nos quedásemos afuera. Decidimos salomónicamente – no en vano esto iba a suceder en Jerusalén, la ciudad del Rey David y su hijo Salomón – que lo mejor era subir al “shuttle” a las 14.00.

 Pero la calle de la Colina de la Munición iba a estar cerrada al tránsito desde las 11.00, así que el bueno de E. debió conseguir un pase para su auto. Por suerte E. es un alto empleado en un ministerio, con lo que el trámite no fue tan arduo.

 Otras varias llamadas las dedicamos a fijar la hora del encuentro previo: como vivo fuera de la ciudad – en un pueblito encantador, del cual les contaré algunas historias si me lo piden – debíamos coordinar mi llegada en autobús (impensable viajar en auto particular en medio de los embotellamientos de la visita papal) con tiempo para almorzar adecuadamente antes de la ceremonia religiosa, que amenazaba durar hasta bien entrada la tarde. Puede ser que los monjes benedictinos ayunen cuando van a ver al Papa, pero eso no cuadra con mi escasa fe y amplio apetito. Arreglamos que para llegar a tiempo a todo, debería salir de casa a las 10.30, tomando en cuenta que el trayecto s Jerusalén es de unos 45 minutos. Nos daba tiempo de sobra.

 Motivo de otras conversaciones fue el atuendo: decidimos ir vestidos como corresponde a la circunstancia y no al contexto meteorológico: terno oscuro, camisa blanca de puño simple y corbata discreta: si el entorno lo daba, nos sacaríamos las corbatas. Si el calor vespertino arreciaba, nos quitaríamos las chaquetas. Si el viento fresco de Jerusalén hacía de las suyas, ajustaríamos las vestimentas y utilizaríamos los pañuelos de seda a modo de chalina que llevaríamos en el bolsillo.

 Las llamadas se prolongaron hasta altas horas de la víspera: si Su Santidad se acercaba a saludarnos, nosotros – judíos ambos – ¿deberíamos arrodillarnos? ¿se cantarían los himnos nacionales? Y, en general, ¿cómo será el himno del Vaticano? Y otros temas más de la misma guisa.

 A las tres de la madrugada me fui a dormir, tras revisar en la Wikiperdia la historia del Papado y de su actual titular, repasar los detalles de la ceremonia de una misa, para no cometer errores formales, como no pararse cuando uno debe estar sentado y otros detalles.

 El plácido sueño de quien tiene la conciencia limpia fue interrumpido a las 06.00 de la madrugada: mi concuñado J. avisaba que mi cuñado L. estaba internado de urgencia, con un incidente cerebral, y resultaba obvio que nuestro deber era viajar hasta la otra punta del país para estar junto UCI y recibir las noticias.

 En media hora ya estábamos en viaje, en una hora estábamos junto a la UCI, en una hora y media nos dieron el parte medico que indicaba que L. estaba fuera de peligro, a las dos horas nos avisaron que estaba casi repuesto, y a las diez de la mañana estábamos toda la familia, salvo el enfermo, celebrando su recuperación en el bar del hospital.

Mi amigo E. y Su Santidad Benedictus XVI se tuvieron que arreglar sin mí en esta oportunidad: la familia ante todo.

El brote místico o La visita del Santo Padre a Tierra Santa

Mi amigo E. – cenando en casa hace un par de semanas – me preguntó con toda seriedad si quería entradas para asistir a la misa que celebraría el Papa en Jerusalén: resulta que él está en contacto con la empresa que ganó la licitación del sistema de altavoces, y que como le ofrecieron algunas entradas en la sección VIP, le pareció una buena idea pasarme un par a mí. Le agradecí, pero no le acepté, explicándole que me aterran las multitudes y prefiero ver la visita del Papa a Tierra Santa desde mi cómodo sillón y por la televisión.

Unos días atrás, hablando de televisión, me encontré con S., ex compañero de trabajo. Le comenté el ofrecimiento por si le interesaba, y me lo agradeció: dado que su hijo es productor en el noticiero de la noche del canal 1, él tiene ya entradas, que con gusto pone él a mi disposición. Explicando que tenia un compromiso previo, decliné agradecido.

El sábado pasado, que aquí no se trabaja, lo aproveché para ir a comprar algunas plantitas en el vivero de mi pueblo. El dueño, un hombretón siempre malhumorado, me preguntó con inusual bonhomía dónde iba a estar durante la visita del Papa, porque – casualmente – él podía darme un par de entradas para la recepción en casa del Presidente, que obtuvo por haber ganado la licitación para suministrar las flores para el evento. Me escabullí de modo elegante.

Ayer, el electricista me terminó de instalar la lámpara de la entrada. Cuando se estaba yendo, sacó de la billetera un par de billetes: “Mira, te dejo un par de entradas para la Misa en Nazaret; me las dieron recién por ser el jefe de electricistas de la empresa contratista del sonido”. Le expliqué que Nazaret queda muy lejos, y que no podría asistir, haciéndole un desaire al Papa y a la empresa del sonido.

No fueron los únicos: la vecina del quinto piso me ofreció entradas, porque es traductora del Comité de recepción; mi primo Amos me propuso acompañarlo al coctel en la Municipalidad de Belén; mi compañero de petanca les ofreció a los del equipo un palco especial en el concierto de gala. Yo me hice el distraído.

Por cierto, acaba de llamar por teléfono la esposa de E. que ya tiene todo arreglado. El martes un automóvil nos llevará a ambos hasta la entrada VIP del Jardín del Getsemaní, en donde tenemos sendos asientos para ver la misa desde la primera fila: cortesía del concesionario de los almohadones para los asientos.

No pude decirle que no.

Salven a la General Motors!

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Evite la caída de sus acciones!

Compre los autos GM en IKEA!

Eso sí, se lo tendrá que armar solo…

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La ironía y las Relaciones Exteriores

 Por si Usted no lo sabe, apreciado y fiel lector, trabajé casi toda mi vida útil como diplomático. Los largos años en ese oficio – porque la diplomacia es un oficio, no una profesión, como ya lo expliqué una vez y estoy dispuesto a hacerlo de nuevo, si me lo piden… – me han desarrollado un especial sentido de la ironía.

A lo que se sumaba mi natural sentido del humor, con lo cual a veces se le complicaba la vida a quienes me tenían como interlocutor. Más de una vez hubo quienes no sabían cómo digerir mis expresiones: hubo los que entendieron que las cosas serias las decía en broma, en tanto que las tomaduras de pelo parecían afirmaciones de lo más formales y pomposas, es decir, en el esperado estilo de un sofisticado diplomático. Lo que desconcertaba más, era que a veces hablaba en serio sobre cosas serias, mientras que otras veces bromeaba sobre intrascendencias.

En resumen, era un tipo más bien raro, debo reconocerlo, lo que no me impidió cosechar una larga (e interesante) lista de amigos – alguno de ellos, probablemente, está leyendo estas líneas y se pregunta “¿con qué se va a salir esta vez Joel?”

Pues bien, proclamaré a todos los vientos, desde este modesto blog, que he descubierto la clave de la actual política exterior de Israel.

Dicen que lo dijo Kissinger, que la política exterior de Israel es “pura política interior”; hay comentaristas políticos que sostienen que Israel no tiene política exterior – y con ello se ganan la vida y las corresponsalías en ciudades apetecibles como Nueva York, Washington o Nouakchott (la capital de Mauritania, por si no se acuerda).

Pues – modestamente – creo haber detectado algunas pistas de la existencia de algo parecido a una política exterior. Por ejemplo, respecto de América Latina, hay una coherente aunque oscilante ignorancia entre nuestros Cancilleres (oscilante, porque pasa de la “ignorancia” del desconocimiento a la “ignorancia” del desentendimiento, a pesar de los intentos de muchos de nuestros laboriosos colegas a lo largo de generaciones.

Por otra parte, el actual Jefe de Gobierno – que como es sabido inició sus estudios en el muy respetable ámbito de la Administración de Empresas – ha desarrollado una nueva era en sus relaciones exteriores, caracterizada por lo que se denomina en marketing “segmentación de mercados”, y ha designado de hecho cuatro (hasta ahora, porque creo que pronto habrá cinco) cancilleres: uno titular de RREE, dedicado al segmento ruso del mundo y de los electores en Israel; otro, sin cartera, orientado al “Mundo Árabe” bajo la consigna de “desarrollo y cooperación regional”; un tercero, que bajo la cartera de defensa lleva adelante las relaciones con la Autoridad Palestina o lo que queda de ella; uno más – el mismísimo Presidente – que mantiene un contacto paternal o abuelar con los EEUU y la UUEE; digo que habrá un quinto, pensando que quizás el Vice Ministro de RREE se dedique a la política exterior, ya que al menos él sí tiene una cierta –aunque vertiginosa – experiencia diplomática, como funcionario de carrera.

¿Habrá ironía en mis palabras? ¡Adivínelo Ud., caro lector!

La historia de un cuento inconcluso

La historia de un cuento inconcluso

A las 5 y media de la mañana lo tenia todo en la cabeza: la historia de Desi (Desdémona para la familia) Villaverde, corresponsal en Tierra Santa de una agencia española de noticias, que iba a entrevistar a la madre de un suicida palestino en el Gran Hotel Colonial de Jerusalén, entrevista que había conseguido por intermedio de su peluquero Jimmy (en realidad Jayiub) y el traspaso de 300 dólares.

Lo tenia todo pensado, desde el color de los zapatos que iba a calzar Desi, la ambientación (agobiante a pesar de la hora temprana) del ascensor en el que bajaría a la calle Hilel en pleno centro para subir al primero de los dos taxis que la iban a llevar a la cita, hasta la contraseña que debía decir al portero del Gran Hotel para que la conduzca hasta la cafetería, en donde la esperaría el contacto.

Cuando abrí los ojos – era noche aún – olvidé la parte de la reunión con la madre del suicida: no recordaba ya si iba a ser en casa de ella o de una pariente; sabía que tendría que ocultar la ropa occidental y cubrirse con una chillaba o como diablos se llamase la túnica que la disimularía ante los ojos del clan, pero ya no recordaba si eso iba a pasar en el hotel o en el tercer taxi, que la iba a llevar al suburbio de… ¿Tel Shakshuka o Balatiyyah? ¡A las seis menos cuarto ya había olvidado ese detalle!

Bajé la pierna izquierda y giré para sentarme: la vecina personal trainer me había dicho que está prohibido sentarse en la cama y forzar las vértebras de la espalda, especialmente a  mi edad. En ese momento olvidé completamente la parte del encuentro de Desi con su entrevistada, en la que tenía planeado preguntarle qué sentía la madre de un “shahid” – ¿así se llamaba a los suicidas que ponían bombas en el marcado? -: ¿iba a confiar en la estudiante que haría de traductora? ¿Usaría su primitivo inglés o trataría de entenderse con sus contactos en su mas rudimentario hebreo (era un supuesto que – a pesar de ser una experta en Medio Oriente – no hablaba una palabra de árabe, aparte de los saludos convencionales).

Mientras tanteaba con los pies en la oscuridad para hallar las zapatillas de gamuza que recibí en un cumpleaños en la década anterior, fui olvidando los detalles de la casa en los suburbios – ya no supe si era tras un jardín, si el jardín estaba tapiado por un alto muro de piedra o por una simple pared de bloques de cemento. A esa altura ya no recordaba, por supuesto, si recorrieron un largo trayecto hasta llegar a la casa, y si el sol oriental resaltaba los colores de los olivares al costado de camino, ni qué pensó Desi al ver que eran tan parecidos a los de la Andalucía en la que jamás había estado, pero tanto había leído.

La conversación entre las dos mujeres y la intérprete ya había desaparecido de mi imaginación al calzarme la segunda de las zapatillas y pararme, mientras que entre las persianas se entreveía la primera luz del amanecer. Ya parado, alcance a olvidar las arrugas en la cara de la jujer, demasiado ajada para ser la madre de lo que se supone era un adolescente: ¿no sería en realidad la abuela?… pero el detalle ya carecía de importancia, porque estaba olvidado.

Trastabillando en la penumbra llegue al baño, abrí el grifo y me sacudí un poco de agua en los ojos, antes de encender la luz: al verme en el espejo, reconocí al empleado que debía apresurarse para ir al trabajo: desayunar un café soluble con un poco de leche, una tostada con queso blanco con 3 % de grasa y mermelada de la barata, vestirse con sus jeans gastados en los fondillos y una camisa celeste algo cuarteada en los sobacos y olvidé al exitoso escritor de novelas con que había dormido esa noche.

En el autobús que me llevaba al tren de cercanías, olvidé el resto de la historia de Desi (Desdémona para la familia) Villaverde, corresponsal en Tierra Santa de una agencia española de noticias, que iba a entrevistar a la madre de un suicida palestino.

Para cuando llegué al trabajo, ya no tenía nada que contar.

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