El pasado fin de semana, en la playa, malhechores de una de las mafias locales atacaron a tiros a otro “colega” de su misma banda, matando a una madre de familia que tomaba el sol con su marido y sus hijos. El presunto atacado, reporteado por la televisión, dijo muy suelto de cuerpo que “hubo un malentendido”.
Hace unos días salió a luz un “petit-scandal” protagonizado por un coronel del Ejercito, quien permitió a su hijo quinceañero manejar un vehículo militar – con el previsible resultado: un automóvil civil chocado. El militar pagó de su bolsillo los daños y trató de echar tierra al asunto, falseando el informe del accidente. En declaraciones a la prensa dijo un allegado al coronel: no saquemos el incidente de las debidas proporciones.
Unos días atrás, el marido en trámite de divorcio fue a su casa a buscar algunos enseres, y aprovechó la ocasión para apuñalar a su ex-mujer ante la vista de sus hijitos de corta edad. Frente a las cámaras él también, dijo estar “algo arrepentido”.
Tiroteos entre mafiosos, militares exultantes de poder, asesinos confesos y felices… ¿Es que hemos perdido la vergüenza?
No nos olvidemos la clásica división entre “sociedades de culpa” y “sociedades de vergüenza” como criterios de castigo o sanción social: por ahora estamos perdiendo la vergüenza; ¿llegara el día en que también perderemos el temor a la culpa?

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