¿ De nuevo te desapareciste, Joel ?
Si hace unas semanas le tome el pelo a Barak Obama por pasar por Jerusalén en su camino a Washington, el castigo llegó pronto: me desplace de Modi’in a Miami, pero no para ser presidente de nada, sino para ser abuelo.
No se preocupen, no hablaré de la abuelidad. A lo sumo comentaré haberme convertido en chofer, mandadero, lavaplatos y en general cocinero auxiliar de una pléyade de féminas que son la esencia de la maternidad.
El tema son los norteamericanos, o esa extraña variedad llamada “los centrosudamericanos”, mezcla de lo mejor y lo peor de centro y sud América.
Que en su versión chofer no solo se ocupa del volante, sino del teléfono móvil, y de conversar a la vez con sus pasajeros que entretanto corean a gritos la estridente salsa de moda. En su versión policía, trata de ser igual a los locales, pero más bajito (de estatura y de tono, cuando toma café con un dona convidado por el dueño).
Se distingue al centrosudamericano residente del turista porque este último viene acoplado a una maleta: su lugar de actividad son los shoping centers, en especial los de sobras de fabrica – allí donde puede conseguir por el precio de ayer las mercaderías de hace diez años y creer que es una ganga.
El centrosudamericano residente actúa en los restaurantes, de camarero, de dueño o de cliente. A veces se contactan los unos con los otros, se identifican (para bien – coterráneos, para mal – argentinos) y se desacoplan rápidamente, unos con temor a ser invadidos, los otros, a ser identificados.
El exilio es evidente, y es doloroso. La nostalgia se palia con calorías, comidas folk en base a alimentos “erzatz” (oh, palabra con historia!) o importados a precio de oro de sus lugares de origen – para el caso de los argentinos que siguen el blog, galletitas Bagley, criollitas y tapas de empanadas La Salteña. Para los venezolanos, tequeños insípidos, pero añorados. Y así sucesivamente.
Esa experiencia ya la vivimos en Paris, en los 80: los chilenos se reunían a comer empanadas, cambiar recetas y tratar de hallar alguna botella de buen vino(chileno, por supuesto). Ahora la globalización ha anulado la perentoriedad de reunirse, pero mantiene vigente la nostalgia gastronómica.
También – cómo no – hay algún israelí, como ese mecánico de automóviles que llego a Miami desde Yeruham, dejando su taller de ahí, para “hacer fortuna” aquí: trabaja 14 horas al día, vive al día y no quiere regresar a Israel, para que no sepan que en realidad “no hizo la América”. Este es un “drama personal”.
Al menos este, si quisiera, podría regresar. El centrosudamericano, casi no tiene a dónde. Este es un drama social. Centro y Sudamericano.
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