Apología del cruasán
El Cruasán – también llamado “media luna” en la Argentina y Uruguay, y “cachito” o “cuernitos” en otros países de América Latina, tiene como origen la Viena del siglo XVII, cuando en 1683 una oportuna alerta de los madrugadores panaderos evitó la toma de la ciudad por parte de las tropas turcas, cuyo emblema era el Cuarto Creciente.
Por otra parte, mi francés (el idioma, me refiero) dista de ser perfecto: estudié un poco en el Liceo, más o menos por la época de los turcos en Viena; viví y trabajé un año en Paris y hasta redacté alguno que otro panfleto en el idioma de Voltaire. Pero eso es todo, no me consideraría un francófono excepcional. Apenas mediocre.
¿A que viene todo este embrollo?, dirá Usted, caro lector.
La otra mañana – una esas tan del otoño de Israel, fresca pero soleada, suburbana – nos sentamos en la confitería de una esquina y pedimos sendos cafés expreso y un cruasán. Para compartir, por éso de la dieta y las calorías.
“¿Cruasán?” preguntó la joven camarera, tratando de parecer cortés pero sin ocultar su asombro.
“¡Sí!, ¡Cruasán!” repetí, usando mi mejor pronunciación, es decir, apretando los labios en la “ua” y frunciendo la nariz en la “an”, casi como sonando a “uao” – no sé si me entiende. A la francesa, soplando el aire por la nariz, como si estuviese resfriado, en fin.
Me miro, la miré, nos miramos. La incomprensión festejaba entre nosotros.
Traté de ser más claro, y junté las manos para ir separándolas luego a medida que cerraba los dedos en un movimiento curvilíneo. Y agregué, por si el idioma gestual no era suficiente, “cro-a-saun”, con un cierto toque portugués.
Un destello de luz tras sus pupilas me indicó que había traspasado la barrera idiomática. Sonrió, entre aliviada y despectiva, y aclaró: “¿lo que usted quiere es un corazón, verdad? ¿Por qué no lo dijo de entrada?”.
¡Oh, la France! Cuántos pecados se cometen en tu idioma!
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