Archivos para Octubre 2008

Apología del cruasán

Apología del cruasán

 

El Cruasán – también llamado “media luna” en la Argentina y Uruguay, y “cachito” o “cuernitos” en otros países de América Latina, tiene como origen la Viena del siglo XVII, cuando en 1683 una oportuna alerta de los madrugadores panaderos evitó la toma de la ciudad por parte de las tropas turcas, cuyo emblema era el Cuarto Creciente.

 

Por otra parte, mi francés (el idioma, me refiero) dista de ser perfecto: estudié un poco en el Liceo, más o menos por la época de los turcos en Viena; viví y trabajé un año en Paris y hasta redacté alguno que otro panfleto en el idioma de Voltaire. Pero eso es todo, no me consideraría un francófono excepcional. Apenas mediocre.

 

¿A que viene todo este embrollo?, dirá Usted, caro lector.

 

La otra mañana – una esas tan del otoño de Israel, fresca pero soleada, suburbana – nos sentamos en la confitería de una esquina y pedimos sendos cafés expreso y un cruasán. Para compartir, por éso de la dieta y las calorías.

 

“¿Cruasán?” preguntó la joven camarera, tratando de parecer cortés pero sin ocultar su asombro.

 

“¡Sí!, ¡Cruasán!” repetí, usando mi mejor pronunciación, es decir, apretando los labios en la “ua” y frunciendo la nariz en la “an”, casi como sonando a “uao” – no sé si me entiende. A la francesa, soplando el aire por la nariz, como si estuviese resfriado, en fin.

 

Me miro, la miré, nos miramos. La incomprensión festejaba entre nosotros.

 

Traté de ser más claro, y junté las manos para ir separándolas luego a medida que cerraba los dedos en un movimiento curvilíneo. Y agregué, por si el idioma gestual no era suficiente, “cro-a-saun”, con un cierto toque portugués.

 

Un destello de luz tras sus pupilas me indicó que había traspasado la barrera idiomática. Sonrió, entre aliviada y despectiva, y aclaró: “¿lo que usted quiere es un corazón, verdad? ¿Por qué no lo dijo de entrada?”.

 

¡Oh, la France! Cuántos pecados se cometen en tu idioma!

 

 

 

 

El crimen gastronómico

El crimen gastronómico

 

Por una vez en la vida salió publicado en la prensa el crimen perfecto, y yo ¡solamente yo! desentrañé el misterio.

 

Seré mas claro: leo en un periódico de Buenos Aires el titular publicado a mediados de julio: “Desaparece un crítico gastronómico tras cenar en el mejor restoran (sic) del  mundo”, y se agrega que, realizando una gira culinaria por 68 restaurantes, a mediados de junio desapareció misteriosamente luego de haber comido en “El Bulli”, el más caro, más famoso y más todo lo que quieran del mundo.

 

¿Recuerdan la película “¿Quién mató a los grandes chefs?”, proyectada hace unas décadas?. En realidad yo tampoco, pero el misterio estaba claro a mis ojos: el famoso gourmet suizo no desapareció, ¡sino que “fue desaparecido”!

 

Según mi teoría, el chef catalán más famoso – y caro del mundo – no pudo soportar el comentario del critico (¡se atrevió a decir que al huevo frito le faltaba cocción!), lo envenenó con setas secretas y, tras trozarlo, lo dio a comer a los bull-dogs que dan nombre a su restaurante, según la inefable Wikipedia, madre de todo nuestro saber en la internet. Digo, lo de los perros, no el descuartizamiento del gastrónomo.

 

¡Crimen resuelto! Ahora falta el contexto, ya que el culpable lo tenemos. El restaurante (o restoran, si nos fiamos del periódico) cuesta por persona 300 euros, recibe 400.000 pedidos de reserva durante los seis meses al año que funciona y se especializa en la la deconstrucción, que consiste en aislar los ingredientes de un plato típico para reconstruirlo de manera inusual, como su emblemática tortilla de patatas.

 

Así que deduzco que al critico criticón, simplemente lo deconstruyeron, y en vez de tortilla de patatas hicieron de él alimento canino.

 

¿Verdad que es simplemente sensacional, resolver el crimen sin moverme de la Wikipedia?

 

Sin embargo, el Google me arruinó el pastel, metafóricamente hablando: “The Independent” publicó, hace un mes, que el famoso gastrónomo fue visto cerca de su casa en Ginebra, retirando dinero del cajero electrónico.

 

Un tal Baylen, en su blog (que no soy yo el único que tiene blog), aventura dos hipótesis: que después de comer en El Bulli y haber llegado al summum, ya no tenía sentido seguir su gira, o bien la tan alta calificación del chef era inmerecida: roto su corazón (o su estómago), decidió dedicarse a tareas menos arriesgadas que la critica gastronómica.

 

Nota y pedido: hace mucho leí un cuento macabro, llamado “La especialidad de la casa”- si alguno de ustedes lo recuerda, que contribuya mandando un comentario al respecto… el resto, agradecido.

FELICIDAD SOCIOLOGICA

FELICIDAD SOCIOLOGICA

Lo confieso: cuando joven era sociólogo.

A veces me viene a la mente la definición de sociología como “una laboriosa reflexión acerca de lo obvio”, en particular cuando leo los informes que la prensa publica sobre encuestas y estudios sociológicos.

Un par de estudiosos de las Universidades de Montevideo y de la Republica, en el Uruguay, estudiaron a los adultos de mas de 60 años y – laboriosamente – concluyeron que la felicidad (¡vaya uno a saber cómo la definen!) está relacionada con los niveles de ingreso, con la salud, las estructuras familiares (estar o no casados), y con la práctica frecuente de la religión.

Si no me cree, fíjese en el periódico “El País” de Montevideo del pasado 27 de julio.

Entrando en detalle, dice la encuesta que “la felicidad aumenta en primer lugar si se esta casado y en segundo término si se considera que se tiene suficiente dinero para cubrir las necesidades del vivir diario”.

¿Qué pretenden los estudiosos de la “obviología” (que vendría a ser la sociología de lo obvio)?¿ Que llegados los 60 uno se haga casero, tome tisanas cada tarde y se confiese con frecuencia?

Para mejorar las cosas, agregan los sociólogos que el 26% de los consultados, que se declaran infelices, confiesan que el dinero no es la causa de su desdicha, ya que están satisfechos con sus ingresos. ¿Serán ricos, solteros, enfermos o no irán a misa los domingos?

Por otro lado, aclaran que la “felicidad” disminuye por varios motivos: si se considera que se tiene mala salud, si se cree que se posee peor salud que la gente de su edad, la mala nutrición (haber pasado hambre antes de los 15 años o comer sólo una comida al día en la actualidad) y por último vivir solo, esto en el caso de los hombres.

A lo que concluyo: ¡Si Ud., pasados los 60 come bien, tiene una esposa a quien acompañar a la sinagoga o la iglesia y en general se siente bien… sea feliz y sobre todo, no se queje!

Nada de yoga, revolución social, escritura creativa, sudoko o charla con los amigos en el café de la esquina. Esas cosas no harán la felicidad. Tampoco el dinero: en la Universidad de Pensilvania, otros sociólogos descubrieron que, “hasta diez mil dólares al año, el dinero hace a la felicidad. A partir de esa cifra, ya no proporciona más. La felicidad no varía si se gana 10 o 15 mil dólares”. No aclaran si la suma es semanal, mensual, o anual.

Otros estudiosos, con pruebas clínicas, demostraron que “la gente es más feliz cuando gasta su dinero en los demás”, según concluye una investigación de la British Columbia University en Canadá. Ya ve por donde salen las cosas…

Resumiendo: si quiere ser feliz:

1.    Sea un sesentón rico.

2.    Coma bien todos los días.

3.    Confine a su mujer en un convento.

4.    Financie mi próxima investigación sociológica.

Hay gente pa’todo

 

Hay gente pa’todo

 

Cuenta la leyenda que al morir Miguel de Unamuno, el torero le pregunto a su manager quién era el fallecido. Éste contestó: “un filósofo”.

El torero preguntó: “¿y que hace un filósofo?”, a lo que el manager repuso “piensa”. Tras larga reflexión, el torero sintetizó: “¡Hay gente pa’todo!”

 

¿A qué viene esta introducción?

 

Vaya a saber cómo, llegué al blog de un tal Stephen Kellogg Brooks, que se define como criptógrafo aficionado y cuya filosofía de vida se sintetiza en “THE RIGHT TO KNOW SUPERCEDES THE NEED TO KNOW”. Este señor dice que llegó a descubrir que el alfabeto se inició como jeroglífico, y que su idea no es demasiado aceptada por “otros lingüistas”.

 

Sin ningún certificado de estudios lingüísticos, delirando acerca de las palabras que se forman a partir del código secreto que dice haber descubierto, inherente a la palabras “CHRIST” o ¨SOUP” y vapuleando al idioma ingles – y a nuestras inocentes creencias aun no inspiradas en su iluminación mística – el bueno de Stephen consiguió juntar ¡996! visitantes en su blog…

 

Largas parrafadas en los periódicos más o menos especializados han analizado la ansiedad de figuración que tienen (¿tenemos?) los que hacemos públicas nuestras opiniones, aprovechando la facilidad de la red, con lo que – cito aproximadamente – hemos “democratizado la comunicación y concretado a la vez el ansia de figuración inherente a la sociedad de consumo”.

 

Pero que el inefable Stephen, de profesión herrero y de vocación lingüista autodidacta haya encontrado un millar de ingenuos a quienes convencer de que abran su pagina web, simplemente, me conmueve.

 

Hay gente pa’todo…

 

¡Gracias por visitar mi blog, leales seguidores! Espero que mis elucubraciones sean menos chifladas que las de Stephen el Herrero…

 

La familia preocupada

La familia preocupada

 

Regresé a casa después de dos meses, justo entre las fiestas del Año Nuevo Judío y Sucot. Llamé para saludar a los amigos que aún quedan en el ministerio del que me jubilé, para desearles felices fiestas antes de que se desbanden por las vacaciones.

 

El único que encontré se mostró preocupado por la salud de dos tipos, Dov Jons y Neil Sedaka. Tan preocupado, que no hablaba de otra cosa. Ni política, ni fútbol y ni siquiera de los chismes del ministerio. Ni se quejó del clima!

 

“Andan flojos, tengo miedo por su estado”, me dijo prudente mi ex compañero. Del cantante famoso en nuestra juventud tenia idea de que todavía vive, aunque su edad debe ser provecta (seguro mayor que yo…); del otro, me dio vergüenza preguntar.

 

Me dejo preocupado a mí también.

 

Fui a reaprovisionarnos en el supermercado. La cajera me preguntó si había sabido sobre Dov Jons y Neil Sedaka durante las ultimas horas. Discreto, guardé silencio, disimulando mi ignorancia.

 

En la cola del correo, oí con el rabillo del ojo dos vecinos que conversaban sobre la agonía de estos dos, y mi curiosidad aumentó un poco.

 

En el semáforo rojo, el vecino del Toyota aprovechó para preguntarme “¿Cómo anda Dov Jons?”,  a lo que contesté que parece que anda bastante mal, pero no hice referencia al cantante. Arrancamos a la luz verde y finalizó la conversación.

 

La angustia me embargaba al llegar a casa, así que le pregunté al jardinero del edificio si había novedades sobre Neil Sedaka: Jackie (en realidad se llama Jacub, pero en el barrio somos progres y americanizamos al jardinero árabe) sacidió la cabeza y murmuró “mal, mal”.

 

¿A quien recurrir, sin poner en evidencia mi ignorancia – aunque los dos meses de ausencia podrían siempre ser una buena excusa para estar desactualizado)?

 

Llamé a  mi primo Eliezer, que siempre está al tanto de todo.

Me contestó que estaba desesperado, agregando “¿qué va a ser de nosotros?” y cortó con un suspiro.

 

¡Pobres Dov y Neil!

 

Todos en el barrio, la familia, los desconocidos, todos en resumen, se preocupan por ambos. Y yo en la ignorancia.

 

¡Gracias, internet, por aclararme las cosas! Parece que los que están en situación desesperada no son las personas que temía, sino simplemente los índices Dow Jones y NASDAC.

 

¡Ahora puedo dormir tranquilo!

Nada más melancólico

Nada más melancólico

que una tarde de domingo

en el otoño de Paris.

 

Un par de caballeros correctamente vestidos, cercanos a la cincuentena, cuchicheando con los brazos cruzados de cara al viento arrachado sobre el Pont Mirabeau, ¿cambiando impresiones sobre el tiempo?.

 

Frente a  Notre Dame, una modelo con vestido de novia se congela esperando que los del banco de al lado terminen su merienda y el fotógrafo pueda hacer su trabajo. Las dos parejas merendantes hablan bajito entre ellos, posiblemente alargando a propósito la espera de la modelo.

 

Los parisinos siguen con la costumbre arraigada de conspirar. Lo hacen en el tono y la gesticulación, incluso cuando hablan trivialidades, cuando preguntan por tal o cual calle (¿por qué será que siempre me preguntan a mí, no importa en que ciudad yo esté?) o comentan sobre el clima.

 

Aunque no conspiren, lo parecen. Salvo cuando protestan o se disculpan.

 

Protestan cuando les pasas en la cola (tácita, porque nadie esta parado detrás de nadie) del bus. Se disculpan cuando te dejan doblado de un codazo para entrar al metro (“¡excuses moi!”) y siguen de largo como si nada les hubiera pasado a tus costillas magulladas.

 

Ante este problema, algunas líneas de metro tienen marcado el sitio que hay que dejar libre para que los pasajeros puedan bajar antes de que el relevo pueda subir. Y al que no le guste la disciplina, que viaje en taxi.

 

Pero hasta los conductores de taxis conspiran. Eso que son más antipáticos que los de Tel Aviv, lo que es mucho decir. Con la excusa de que no hablas “su” francés, te llevan hacia donde les place, por el camino mas largo. Y no te escuchan si les preguntas si saben el camino – además, ahora tienen el GPS, que para poco les sirve ya que de entrada anotaron otra dirección que la que pedimos.

 

Tal como anotan los camareros en las brasseries: pides “cassoulet de chevre aux pommes”, creyendo que es un guiso de chivito o algo con salsa. Te traen unos trozos de queso de cabra horneado sobre fetas de manzana. Pides “fondue bourguignon” y te traen un guiso de carne con patatas fritas… menos mal, porque parece que la fondue estaba malísima.

 

Aunque bien pensado,  no es que los parisinos conspiren; simplemente no te escuchan – se escuchan a sí mismos, como el resto de la humanidad dondequiera que esté.