Y a mí, ¿por qué?
No es la primera vez que me sucede: estoy parado frente a un semáforo, un solo peatón con aspecto extranjero, entre decenas de lugareños, y es a mí que se acerca un extraño total y me pregunta una dirección.
Me ha sucedido en Madrid, hace apenas horas; se trataba de un señor mayor, bien vestido, italiano, por más señas. Me eligió a mí para averiguar dónde queda la Plaza de las Cibeles.
Aunque, pensándolo bien, yo no tenía -ni él tampoco- ningún aspecto en particular: yo vestía un pantalón de jean, una remera de rugby de las que usamos todos creyéndonos originales; é, una correcta chaqueta marrón, haciendo juego con sus pantalones al tono.
¿Por qué a mí?, me pregunto. Por qué en Praga -si no hablo el checo- o en Marsella, Guatemala, Miami o Jerusalén (bueno, allí creo vestir como el resto de la gente, aunque en Israel es difícil vestirse igual a los demás, ya que los demás se visten heterogéneamente de modo implacable, salvo los soldados y los ultra-religiosos, uniformados de verde unos y de negro otros).
Una ocasión estaba de paso por Cap Joan –viajamos en automóvil desde España hasta Israel (no se preocupe, el Mediterráneo lo cruzamos en un ferry)- y frente al modestísimo hotel al que no habíamos aun entrado, nos paró un vecino para preguntar a qué hora recogían el correo de los buzones.
No hay vez que me pare frente al Obelisco de Buenos Aires o al de Washington que alguien no pregunte la hora, o una dirección. En Helsinki me preguntaron (en inglés, por supuesto) por una parada de taxis… Lo mismo en Viena que en Montevideo, y así sucesivamente en la larga ristra de lugares en que estuve. En Madrid, sucede a veces dos o tres veces al día; ¿será por el idioma?
Ni qué decir frente a mi casa: los niños me preguntan la hora, siempre hay algún viejo interesado en saber si hace mucho pasó el autobús, o si no vi pasar el taxi que llamó por teléfono. ¿Por qué a mí?
Mi mujer –que siempre tiene razón- dice que tengo cara de saber de todo. Si ella lo dice…
Sin embargo, el taxista Carlos –madrileño si los hay- sostiene que se debe a que yo, como él, tengo cara de “ventanillo”. Si él lo dice…
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