Archivos para Abril 2009

La ironía y las Relaciones Exteriores

 Por si Usted no lo sabe, apreciado y fiel lector, trabajé casi toda mi vida útil como diplomático. Los largos años en ese oficio – porque la diplomacia es un oficio, no una profesión, como ya lo expliqué una vez y estoy dispuesto a hacerlo de nuevo, si me lo piden… – me han desarrollado un especial sentido de la ironía.

A lo que se sumaba mi natural sentido del humor, con lo cual a veces se le complicaba la vida a quienes me tenían como interlocutor. Más de una vez hubo quienes no sabían cómo digerir mis expresiones: hubo los que entendieron que las cosas serias las decía en broma, en tanto que las tomaduras de pelo parecían afirmaciones de lo más formales y pomposas, es decir, en el esperado estilo de un sofisticado diplomático. Lo que desconcertaba más, era que a veces hablaba en serio sobre cosas serias, mientras que otras veces bromeaba sobre intrascendencias.

En resumen, era un tipo más bien raro, debo reconocerlo, lo que no me impidió cosechar una larga (e interesante) lista de amigos – alguno de ellos, probablemente, está leyendo estas líneas y se pregunta “¿con qué se va a salir esta vez Joel?”

Pues bien, proclamaré a todos los vientos, desde este modesto blog, que he descubierto la clave de la actual política exterior de Israel.

Dicen que lo dijo Kissinger, que la política exterior de Israel es “pura política interior”; hay comentaristas políticos que sostienen que Israel no tiene política exterior – y con ello se ganan la vida y las corresponsalías en ciudades apetecibles como Nueva York, Washington o Nouakchott (la capital de Mauritania, por si no se acuerda).

Pues – modestamente – creo haber detectado algunas pistas de la existencia de algo parecido a una política exterior. Por ejemplo, respecto de América Latina, hay una coherente aunque oscilante ignorancia entre nuestros Cancilleres (oscilante, porque pasa de la “ignorancia” del desconocimiento a la “ignorancia” del desentendimiento, a pesar de los intentos de muchos de nuestros laboriosos colegas a lo largo de generaciones.

Por otra parte, el actual Jefe de Gobierno – que como es sabido inició sus estudios en el muy respetable ámbito de la Administración de Empresas – ha desarrollado una nueva era en sus relaciones exteriores, caracterizada por lo que se denomina en marketing “segmentación de mercados”, y ha designado de hecho cuatro (hasta ahora, porque creo que pronto habrá cinco) cancilleres: uno titular de RREE, dedicado al segmento ruso del mundo y de los electores en Israel; otro, sin cartera, orientado al “Mundo Árabe” bajo la consigna de “desarrollo y cooperación regional”; un tercero, que bajo la cartera de defensa lleva adelante las relaciones con la Autoridad Palestina o lo que queda de ella; uno más – el mismísimo Presidente – que mantiene un contacto paternal o abuelar con los EEUU y la UUEE; digo que habrá un quinto, pensando que quizás el Vice Ministro de RREE se dedique a la política exterior, ya que al menos él sí tiene una cierta –aunque vertiginosa – experiencia diplomática, como funcionario de carrera.

¿Habrá ironía en mis palabras? ¡Adivínelo Ud., caro lector!

La historia de un cuento inconcluso

La historia de un cuento inconcluso

A las 5 y media de la mañana lo tenia todo en la cabeza: la historia de Desi (Desdémona para la familia) Villaverde, corresponsal en Tierra Santa de una agencia española de noticias, que iba a entrevistar a la madre de un suicida palestino en el Gran Hotel Colonial de Jerusalén, entrevista que había conseguido por intermedio de su peluquero Jimmy (en realidad Jayiub) y el traspaso de 300 dólares.

Lo tenia todo pensado, desde el color de los zapatos que iba a calzar Desi, la ambientación (agobiante a pesar de la hora temprana) del ascensor en el que bajaría a la calle Hilel en pleno centro para subir al primero de los dos taxis que la iban a llevar a la cita, hasta la contraseña que debía decir al portero del Gran Hotel para que la conduzca hasta la cafetería, en donde la esperaría el contacto.

Cuando abrí los ojos – era noche aún – olvidé la parte de la reunión con la madre del suicida: no recordaba ya si iba a ser en casa de ella o de una pariente; sabía que tendría que ocultar la ropa occidental y cubrirse con una chillaba o como diablos se llamase la túnica que la disimularía ante los ojos del clan, pero ya no recordaba si eso iba a pasar en el hotel o en el tercer taxi, que la iba a llevar al suburbio de… ¿Tel Shakshuka o Balatiyyah? ¡A las seis menos cuarto ya había olvidado ese detalle!

Bajé la pierna izquierda y giré para sentarme: la vecina personal trainer me había dicho que está prohibido sentarse en la cama y forzar las vértebras de la espalda, especialmente a  mi edad. En ese momento olvidé completamente la parte del encuentro de Desi con su entrevistada, en la que tenía planeado preguntarle qué sentía la madre de un “shahid” – ¿así se llamaba a los suicidas que ponían bombas en el marcado? -: ¿iba a confiar en la estudiante que haría de traductora? ¿Usaría su primitivo inglés o trataría de entenderse con sus contactos en su mas rudimentario hebreo (era un supuesto que – a pesar de ser una experta en Medio Oriente – no hablaba una palabra de árabe, aparte de los saludos convencionales).

Mientras tanteaba con los pies en la oscuridad para hallar las zapatillas de gamuza que recibí en un cumpleaños en la década anterior, fui olvidando los detalles de la casa en los suburbios – ya no supe si era tras un jardín, si el jardín estaba tapiado por un alto muro de piedra o por una simple pared de bloques de cemento. A esa altura ya no recordaba, por supuesto, si recorrieron un largo trayecto hasta llegar a la casa, y si el sol oriental resaltaba los colores de los olivares al costado de camino, ni qué pensó Desi al ver que eran tan parecidos a los de la Andalucía en la que jamás había estado, pero tanto había leído.

La conversación entre las dos mujeres y la intérprete ya había desaparecido de mi imaginación al calzarme la segunda de las zapatillas y pararme, mientras que entre las persianas se entreveía la primera luz del amanecer. Ya parado, alcance a olvidar las arrugas en la cara de la jujer, demasiado ajada para ser la madre de lo que se supone era un adolescente: ¿no sería en realidad la abuela?… pero el detalle ya carecía de importancia, porque estaba olvidado.

Trastabillando en la penumbra llegue al baño, abrí el grifo y me sacudí un poco de agua en los ojos, antes de encender la luz: al verme en el espejo, reconocí al empleado que debía apresurarse para ir al trabajo: desayunar un café soluble con un poco de leche, una tostada con queso blanco con 3 % de grasa y mermelada de la barata, vestirse con sus jeans gastados en los fondillos y una camisa celeste algo cuarteada en los sobacos y olvidé al exitoso escritor de novelas con que había dormido esa noche.

En el autobús que me llevaba al tren de cercanías, olvidé el resto de la historia de Desi (Desdémona para la familia) Villaverde, corresponsal en Tierra Santa de una agencia española de noticias, que iba a entrevistar a la madre de un suicida palestino.

Para cuando llegué al trabajo, ya no tenía nada que contar.

Facebook o la tecnología al servicio de la pavada

Facebook o la tecnología al servicio de la pavada

 

Leo asombrado que 200 millones de personas están anotadas en Facebook, lo cual no deja de ser interesante, por varios aspectos: ante todo, 200 millones es casi la población completa de los Estados Unidos, o de la América del Sur de habla hispana (Brasil solo tiene otro tanto, y México anda por ahí cerca), o una parte sensible de Europa – sin contar Rusia, que también anda por esa cifra…

¡Genial, como si todos los rusos, o brasileños, o estadounidenses, o 200 millones de personas de todos lados, se anotan para estar en contacto!

Eso es fantástico: podrían discutir acerca de los problemas comunes y sus soluciones, aprender como educar a sus hijos de modo más eficiente, cómo administrar sus dineros, mejorar sus relaciones laborales, en una palabra, pueden usar esa red de contactos para ”superarse”, o “mejorar las cosas”.

Pero la realidad es diferente: tengo entrañables amigos anotados en Facebook o redes similares – muchos de ellos leales seguidores de mi blog, algunos de ellos personalidades distinguidas en sus campos de trabajo, o de la política, o de la prensa – pero cuando uno sigue con detalle las inserciones que ponen en sus hojas de Facebook, le vienen ganas de reírse, o llorar.

¡Hay cada espécimen!

Que un abuelo publique la foto de su nieto, no lo hace mejor literato, ni peor: pero que un literato anuncie a 200 millones de lectores que salió a comer hamburguesas a la esquina de su casa, es impudicia.

Pero, además, la hija de un amigo avisa a sus compañeras que va a estar en una confitería, así las otras se le reúnen; entretanto, la mamá descubre que no fue a estudiar, como le había dicho, sino que salió de farra. Aquí hay imprudencia (¿de quién? ¿de la mamá o la niña?.

Ni hablar del que avisa a todos sus amigos, conocidos, amigos de los conocidos, etc. que se va a pasar dos semanas de vacaciones en Portobello. Esto no es imbecilidad , es invitar a los ladrones a tu casa.

No me refiero a la cantidad de tonteras, superficialidades, pavadas e insensateces que circulan en esas redes: yo también incurro a veces y con placer en la frivolidad. Sobre eso, si quieren, les cuento otro día, porque la frivolidad es encantadora (citando a Oscar Wilde).

Que un político dé a conocer que está en la convención de su partido, podría servir para que sus seguidores lo aclamen, lo cual es bastante torpe o ingenuo: los seguidores de un candidato no van a la convención del partido con la laptop, sino con pancartas… para demostrar a los otros candidatos que este está presente con muchos seguidores. O quizás serviría para pedirle a su esposa que le mande un sándwich de milanesa; esta segunda opción es indiscreta, me parece, pero puede ser efectiva, aunque más práctico sería que pida el sándwich por teléfono.

Pero además están los candidatos que te mandan diariamente su mensajecito en el Facebook, sin que los hayas invitado. (Vaya y pase los políticos que son amigos míos –créame, amable lector, tengo amigos políticos, y los aprecio mucho- pero aquellos a los que jamás votaría…) ¿Por qué me mandan amables saludos de cumpleaños? Claro: si le di la fecha a Juancito, que la publicó con su lista de amigos, la que copió Pedrito y reprodujo Susanita, mandándosela a Rosita, seguro que el asesor del político electoralero se hizo de las fechas de cumpleaños – y de paso las direcciones – de centenares de miles de posibles votantes.

La del político intrusivo no es impudicia: es inmundicia.

Y no me diga que Obama ganó las elecciones gracias a las redes sociales: los que votaron a Obama lo hubiesen hecho sin ellas. Y, de paso, también el candidato republicano (a todos ya se nos olvidó el personaje) usó las redes sociales, y no le sirvió de gran cosa.

Pareciera que, en un giro repentino de nuestras mentes, las redes dejaron de ser un instrumento de comunicación, y se convirtieron en un fin en sí mismo. ¡Que mal habla esto de nosotros!

 

 

 

De cómo me reconcilié con el marketing

De cómo me reconcilié con el marketing

Almorzaba nuestra sempiterna ensalada con pedacitos de queso, cuando sonó el celular. Mascullé un improperio con la boca llena y apreté el botoncito.

“¡Hola Joel!, te llama Avi del servicio internacional de llamadas y quiero saber si estas conforme con nuestros servicios…”

Tragué de golpe, tosí un poco y –sin ocultar mi asombro– respondí: “Al contrario, estoy bastante contento”.

“¿Y por qué no usas los minutos que tienes de regalo?”, continuó Avi.

Ahí fue que me di cuenta de que –en los mensajes electrónicos- me había llegado una extraña propuesta, de que use 100 minutos gratis durante las fiestas de Pesaj (la Pascua judía, por si no lo saben) para hablar con el exterior.

Un poco avergonzado, le confesé que no entendía muy bien de qué se trataba.

Avi el vendedor, un dechado de paciencia, me explicó que tengo una tarifa muy baja a los Estados Unidos, que incluye los 100 primeros minutos gratis, y que para Argentina y España una tarifa de menos del 40% de lo normal.

Y que les llamaba la atención que yo no aprovechase las ventajas, ni siquiera la de minutos gratis.

Tras verificar que la ensalada no tenía ningún opiáceo –salvo unas gotas de tabasco- y que no estaba soñando (pellizco mediante) le agradecí al bueno de Avi, explicándole que no usaba tanto el teléfono, porque solía hablar por medio del Internet.

“¿Tú usas nuestro servidor de Internet, verdad?”, atacó Avi.

Ya me la veía venir: me quiere vender una banda más ancha.

“Sí”. Me tembló un poco la voz, sería una miguita de queso atragantada.

“Dame un momento que verifico”, dice. Espero uno par de minutos, mientras pasa una musiquita pegajosa. Regresa: “Mira, Joel, he revisado tu record en nuestro ordenador…” –era lo que temía, ahí viene la venta a presión, me digo y arrepiento de haber seguido la charla, mientras se enfriaba mi tostada orgánica- “… y veo que tu ancho de banda es adecuado al uso que haces del Internet, así que no tiene sentido hacerte gastar dinero suscribiendo un servicio más caro, ¿no te parece?”.

Agradezco, agradece, me despido, se despide, nos deseamos recíprocamente felices fiestas… y no salgo de mi asombro.

Termino de mondar mi tostada orgánica, ya fría.

Me queda rondando una pregunta: ¿Me quiso reconvenir por no gastar de más, o me quiso felicitar?

Mientras tanto, llamé por el celular a todo quien pude… no voy a desperdiciar los minutos gratis, ¿verdad?. Espero no haberme pasado de los 100 minutos gratis.

La crisis bancaria y los chistes entre amigos

Hace unos días mandé el siguiente chiste a un selecto grupo de amigos:

“Dear Sirs,One of my checks was returned marked “insufficient funds”. In view of current developments in the banking market, does that refer to me or to you? Yours Faithfully”, XX.

(Apreciados Señores: uno de mis cheques ha sido rechazado con la siguiente nota: “falta de fondos”. En vista de la actual situación de los bancos, ¿la anotación se refiere a mí o a Ustedes? Sinceramente suyo, XX.)

Y recibí la siguiente respuesta, de uno de mis amigos:

Hola Joel: Creo que esto lo recibí por error. Saludos L….

El nuevo antisemitismo

El nuevo antisemitismo

Por: Umberto Eco
El Espectador (Bogotá), 28 de febrero de 2009

EL MES PASADO, EN RESPUESTA A LA guerra en Gaza entre Israel y Hamas, el pianista Daniel Barenboim pidió a los intelectuales de todo el mundo que firmaran una declaración proponiendo una iniciativa nueva para resolver el conflicto (fue publicada recientemente en The New York Review of Books).

A primera vista el intento es casi descaradamente obvio: el objetivo básico es aportar todos los medios posibles para presionar en favor de una mediación vigorosa. Lo que es significativo, sin embargo, es que un gran artista israelí sea responsable por tal iniciativa.

Es una señal de que las mentes más lúcidas y los pensadores más profundos de Israel están pidiendo a la gente que dejen de preguntarse cuál bando está en lo correcto y cuál está equivocado, y que en lugar de eso trabajen para lograr la coexistencia de ambos pueblos. Si es así, uno podría entender las protestas políticas contra el gobierno israelí, de no ser por el hecho de que tales manifestaciones generalmente están teñidas de antisemitismo.

Si no son los propios manifestantes quienes expresan explícitamente una posición antisemítica, en estos días es la prensa. He visto artículos que mencionan —como si fuera la cosa más obvia en el mundo— “manifestaciones antisemíticas en Ámsterdam” y cosas similares. Para estas fechas esto parece tan normal que parece anormal encontrarlo anormal. Pero preguntémonos si definiríamos una manifestación contra la administración de Merkel en Alemania como antiaria, o una manifestación contra Berlusconi en Italia como antilatina.

En este espacio pequeño resulta imposible resumir el problema de siglos de antigüedad del antisemitismo, sus resurgimientos ocasionales, sus raíces diversas. Cuando una actitud sobrevive durante 2000 años, huele a fe religiosa —a creencias fundamentalistas—. El antisemitismo podría ser definido como una de las muchas formas de fanatismo que han envenenado nuestro mundo a lo largo de siglos. Si mucha gente cree en la existencia de un diablo que hace planes para llevarnos a la condenación eterna, ¿por qué no iba a creer en una conspiración judía para dominar al mundo?

El antisemitismo, como todas las actitudes irracionales e impulsadas por una fe ciega, está lleno de contradicciones; sus adherentes no se dan cuenta de ellas, pero las repiten sin sentirse apenados por ello. En las obras clásicas del antisemitismo del siglo XIX, por ejemplo, se recurría a dos lugares comunes según lo exigía la ocasión. Uno era que los judíos, quienes vivían en lugares atestados y oscuros, eran más susceptibles que los cristianos a las infecciones y enfermedades (y, en consecuencia eran más peligrosos). Por razones misteriosas, el segundo lugar común era que los judíos eran más resistentes a las plagas y otras epidemias, además de ser sensuales y aterradoramente fecundos, y por tanto eran invasores amenazadores del mundo cristiano.

Otro lugar común era ampliamente empleado tanto por la izquierda como la derecha, y como un ejemplo cito un clásico del antisemitismo socialista (Alphonse Toussenel, Les Juifs, Rois de l’Epoque, 1847) y un clásico del Antisemitismo Católico Legitimista (Henri Gougenot des Mousseaux, Le Juif, le Judaisme et le Judaisation des Peoples Chretiens, 1869). Ambos libros aseguran que los judíos no practicaban la agricultura y por tanto estaban alejados de la vida productiva de los países en los que residían. Por otra parte, estaban completamente dedicados a las finanzas, y eso quiere decir a la posesión de oro. Dado lo cual, siendo nómadas por naturaleza e impulsados por sus esperanzas mesiánicas, podrían fácilmente abandonar los Estados que los habían acogido y llevarse todas sus riquezas con ellos. No comentaré sobre el hecho de que otras obras antisemíticas de ese período, hasta incluyendo el notorio Protocolos de los Ancianos de Zion, acusaban a los judíos de tratar de apoderarse de las propiedades con tierras con el fin de tomar posesión de los campos. Como hemos dicho, el antisemitismo está lleno de contradicciones.

Una característica destacada de los israelíes es que cuentan con métodos ultramodernos para cultivar la tierra, creando granjas modelo y cosas semejantes. De forma tal que si combaten, es precisamente para defender el territorio en el cual se han asentado en forma estable. Esto, más que cualquier otro factor solo, es lo que los árabes y antisemitas tienen contra ellos, y de hecho la meta principal de este último grupo es la destrucción del Estado de Israel.

En resumen, al antisemita no le agrada si un judío vive por cierto tiempo en un país que no sea Israel. Si, no obstante, un judío opta por vivir en Israel, esto tampoco agrada al antisemita. Soy perfectamente consciente, por supuesto, de la objeción de que el lugar que ahora es Israel fue en un tiempo territorio palestino. Dicho esto, no fue conquistado mediante violencia en gran escala y la matanza de los nativos, como fue el caso en Norte América, o incuso mediante la destrucción de Estados gobernados por sus propios monarcas legítimos, como fue el caso en Suramérica, sino en el curso de migraciones lentas y asentamientos que inicialmente no encontraron oposición.

En cualquier caso, mientras algunos se sienten irritados cuando aquellos que critican las políticas israelíes son acusados de antisemitismo, quienes traducen instantáneamente cualquier crítica de las políticas israelíes en términos antisemíticos me dejan con un sentimiento aún mayor de inquietud.

 

* Novelista y semiólogo italiano. Traducción de Hector Shelley. c.2009 Umberto Eco/L’Espresso