Archivos para Mayo 2009

Esta vez cedo la tribuna

Mis leales y fieles lectores saben que – salvo una que otra excepción – me gusta hablar en primera persona. Como decía un humorista (Carlos Garaycochea, ¿qué se habrá hecho de él), “hablo de mí porque me tengo siempre a mano”.

Esta semana estuve muy ocupado en la escritura de mi novela en ciernes, que no será un best seller por el simple motivo de que no será puesta en venta, y esto ultimo por la más simple razón de que nadie en su sano juicio pagaría un céntimo por una novela escrita por mí. Como mucho, esperará que se la regale para su cumpleaños.

Así que descuidé mi blog. Lo lamento, porque había varias cosas sobre las que escribir, a pedido de mis amables seguidores: una nueva amiga quiere que describa mi pueblito, quizás con la esperanza de convertirme en universal, como diría Tolstoi.

Otra me pidió consejo sobre los medicamentos a tomar contra la alta presión, cosa que me niego a hacer porque no soy medico y mi presión, a pesar del post en el blog, (el que no lo leyó, que busque en el índice) es bastante normal, cosa que desespera, como recordarán, a mi médica de familia.

Un tercero simplemente me pidió chistes: le recomiendo recorrer la web, y los encontrará a miles. Y si no, las páginas de los periódicos, en particular las que tratan la política latinoamericana, aunque las otras latitudes no se salvan de la chifladura.

Pero, ¿por qué no?. Más aún, si alguien lo hizo antes que yo, y mucho mejor de que yo podría hacerlo: el talentoso, serio y a la vez jocoso catedrático Dr. Carlos Malamud, que desde varias publicaciones académicas y no tanto sobre temas socio-políticos latinoamericanos descarga erudición y a la vez humor… y es un gozo leer sus crónicas y análisis de actualidad. ¿

Quieren un ejemplo, mis fieles y leales lectores?: visiten la publicación virtual “Ojos de papel” en su edición de principios de este mes

http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=3166

donde Malamud se encarga, bajo el título de “Lugares comunes latinoamericanos: el esperpento político” de Evo Morales, Hugo Chávez, Cristina Kirchner y su marido, y del inefable ex obispo Lugo, en quienes descubre una veta rayana con el absurdo literario más imaginativo.

Los que – por motivo de edad, salud, obligaciones laborales o simple obsecuencia – tengan la obligación de ser “politicaly correct”, deberán perdonar esta sonriente distorsión, mía y de Carlos.

Para completar mi pretensión de escabullirle el bulto a la responsabilidad, diré simplemente “Esta vez cedo la tribuna”: lo cortés no quita lo valiente.

Las peripecias papales

Las peripecias papales

 Unos cuantos de entre mis fieles y leales lectores expresaron preocupación por el tema de  la visita de Su Santidad a Tierra Santa. Si no sabe Ud. de qué se trata, lea la nota anterior en este blog.

Hubo los que preguntaron como es que un judío puede recibir invitaciones a la misa que celebró en Jerusalén. Otros, simplemente quieren saber como fue – o mejor dicho,  que tal me pareció la misa. Lo hubo que me pidió un reportaje estilo “Hola” o “Gente”, con cotilleo sobre quiénes mas estuvieron, cómo estaban vestidos/as… hasta uno me pidió que le mande una foto exclusiva del o con el Papa en persona.

 La cosa no es tan simple, y merece un recuento detallado: el análisis vendrá después, pero primero los hechos.

 Recordarán que la esposa de mi amigo E. me telefoneó dos dias antes de la misa, para afirmarme que no había escapada ni excusa: dos entradas estaban ya en manos de E., una a su nombre, la otra al mío. Pensé que sería un desaire muy grande a alguien (¿… quizás S.S. Benedictus XVI en persona?) si es que declinaba tan gentil – y exclusiva – invitación: iba a ser uno de los 500 que asistirían a  la ceremonia en el palco delantero, con sillas especialmente acolchadas y reservadas a titulo personal, con nombre y apellido.

 E. y yo intercambiamos el día anterior varias conversaciones telefónicas: debíamos arreglar a qué hora subiríamos al “shuttle” que llevaría a los VIP desde la llamada “Colina de la Munición” hasta la entrada del Getsemaní, lugar de la misa, que comenzaría a las 16.00. El traslado comenzaba a las 13.00 y finalizaba a las 15.00, hora en que se cerraba la entrada al sitio. Así que teníamos una hora de plantón (o de sentadón) como mínimo.

 Si subíamos a las busetas muy temprano, esperaríamos más; si lo hacíamos muy tarde, corriamos el riesgo de que nos cerrasen la entrada y nos quedásemos afuera. Decidimos salomónicamente – no en vano esto iba a suceder en Jerusalén, la ciudad del Rey David y su hijo Salomón – que lo mejor era subir al “shuttle” a las 14.00.

 Pero la calle de la Colina de la Munición iba a estar cerrada al tránsito desde las 11.00, así que el bueno de E. debió conseguir un pase para su auto. Por suerte E. es un alto empleado en un ministerio, con lo que el trámite no fue tan arduo.

 Otras varias llamadas las dedicamos a fijar la hora del encuentro previo: como vivo fuera de la ciudad – en un pueblito encantador, del cual les contaré algunas historias si me lo piden – debíamos coordinar mi llegada en autobús (impensable viajar en auto particular en medio de los embotellamientos de la visita papal) con tiempo para almorzar adecuadamente antes de la ceremonia religiosa, que amenazaba durar hasta bien entrada la tarde. Puede ser que los monjes benedictinos ayunen cuando van a ver al Papa, pero eso no cuadra con mi escasa fe y amplio apetito. Arreglamos que para llegar a tiempo a todo, debería salir de casa a las 10.30, tomando en cuenta que el trayecto s Jerusalén es de unos 45 minutos. Nos daba tiempo de sobra.

 Motivo de otras conversaciones fue el atuendo: decidimos ir vestidos como corresponde a la circunstancia y no al contexto meteorológico: terno oscuro, camisa blanca de puño simple y corbata discreta: si el entorno lo daba, nos sacaríamos las corbatas. Si el calor vespertino arreciaba, nos quitaríamos las chaquetas. Si el viento fresco de Jerusalén hacía de las suyas, ajustaríamos las vestimentas y utilizaríamos los pañuelos de seda a modo de chalina que llevaríamos en el bolsillo.

 Las llamadas se prolongaron hasta altas horas de la víspera: si Su Santidad se acercaba a saludarnos, nosotros – judíos ambos – ¿deberíamos arrodillarnos? ¿se cantarían los himnos nacionales? Y, en general, ¿cómo será el himno del Vaticano? Y otros temas más de la misma guisa.

 A las tres de la madrugada me fui a dormir, tras revisar en la Wikiperdia la historia del Papado y de su actual titular, repasar los detalles de la ceremonia de una misa, para no cometer errores formales, como no pararse cuando uno debe estar sentado y otros detalles.

 El plácido sueño de quien tiene la conciencia limpia fue interrumpido a las 06.00 de la madrugada: mi concuñado J. avisaba que mi cuñado L. estaba internado de urgencia, con un incidente cerebral, y resultaba obvio que nuestro deber era viajar hasta la otra punta del país para estar junto UCI y recibir las noticias.

 En media hora ya estábamos en viaje, en una hora estábamos junto a la UCI, en una hora y media nos dieron el parte medico que indicaba que L. estaba fuera de peligro, a las dos horas nos avisaron que estaba casi repuesto, y a las diez de la mañana estábamos toda la familia, salvo el enfermo, celebrando su recuperación en el bar del hospital.

Mi amigo E. y Su Santidad Benedictus XVI se tuvieron que arreglar sin mí en esta oportunidad: la familia ante todo.

El brote místico o La visita del Santo Padre a Tierra Santa

Mi amigo E. – cenando en casa hace un par de semanas – me preguntó con toda seriedad si quería entradas para asistir a la misa que celebraría el Papa en Jerusalén: resulta que él está en contacto con la empresa que ganó la licitación del sistema de altavoces, y que como le ofrecieron algunas entradas en la sección VIP, le pareció una buena idea pasarme un par a mí. Le agradecí, pero no le acepté, explicándole que me aterran las multitudes y prefiero ver la visita del Papa a Tierra Santa desde mi cómodo sillón y por la televisión.

Unos días atrás, hablando de televisión, me encontré con S., ex compañero de trabajo. Le comenté el ofrecimiento por si le interesaba, y me lo agradeció: dado que su hijo es productor en el noticiero de la noche del canal 1, él tiene ya entradas, que con gusto pone él a mi disposición. Explicando que tenia un compromiso previo, decliné agradecido.

El sábado pasado, que aquí no se trabaja, lo aproveché para ir a comprar algunas plantitas en el vivero de mi pueblo. El dueño, un hombretón siempre malhumorado, me preguntó con inusual bonhomía dónde iba a estar durante la visita del Papa, porque – casualmente – él podía darme un par de entradas para la recepción en casa del Presidente, que obtuvo por haber ganado la licitación para suministrar las flores para el evento. Me escabullí de modo elegante.

Ayer, el electricista me terminó de instalar la lámpara de la entrada. Cuando se estaba yendo, sacó de la billetera un par de billetes: “Mira, te dejo un par de entradas para la Misa en Nazaret; me las dieron recién por ser el jefe de electricistas de la empresa contratista del sonido”. Le expliqué que Nazaret queda muy lejos, y que no podría asistir, haciéndole un desaire al Papa y a la empresa del sonido.

No fueron los únicos: la vecina del quinto piso me ofreció entradas, porque es traductora del Comité de recepción; mi primo Amos me propuso acompañarlo al coctel en la Municipalidad de Belén; mi compañero de petanca les ofreció a los del equipo un palco especial en el concierto de gala. Yo me hice el distraído.

Por cierto, acaba de llamar por teléfono la esposa de E. que ya tiene todo arreglado. El martes un automóvil nos llevará a ambos hasta la entrada VIP del Jardín del Getsemaní, en donde tenemos sendos asientos para ver la misa desde la primera fila: cortesía del concesionario de los almohadones para los asientos.

No pude decirle que no.

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Eso sí, se lo tendrá que armar solo…

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