Mis leales y fieles lectores saben que – salvo una que otra excepción – me gusta hablar en primera persona. Como decía un humorista (Carlos Garaycochea, ¿qué se habrá hecho de él), “hablo de mí porque me tengo siempre a mano”.
Esta semana estuve muy ocupado en la escritura de mi novela en ciernes, que no será un best seller por el simple motivo de que no será puesta en venta, y esto ultimo por la más simple razón de que nadie en su sano juicio pagaría un céntimo por una novela escrita por mí. Como mucho, esperará que se la regale para su cumpleaños.
Así que descuidé mi blog. Lo lamento, porque había varias cosas sobre las que escribir, a pedido de mis amables seguidores: una nueva amiga quiere que describa mi pueblito, quizás con la esperanza de convertirme en universal, como diría Tolstoi.
Otra me pidió consejo sobre los medicamentos a tomar contra la alta presión, cosa que me niego a hacer porque no soy medico y mi presión, a pesar del post en el blog, (el que no lo leyó, que busque en el índice) es bastante normal, cosa que desespera, como recordarán, a mi médica de familia.
Un tercero simplemente me pidió chistes: le recomiendo recorrer la web, y los encontrará a miles. Y si no, las páginas de los periódicos, en particular las que tratan la política latinoamericana, aunque las otras latitudes no se salvan de la chifladura.
Pero, ¿por qué no?. Más aún, si alguien lo hizo antes que yo, y mucho mejor de que yo podría hacerlo: el talentoso, serio y a la vez jocoso catedrático Dr. Carlos Malamud, que desde varias publicaciones académicas y no tanto sobre temas socio-políticos latinoamericanos descarga erudición y a la vez humor… y es un gozo leer sus crónicas y análisis de actualidad. ¿
Quieren un ejemplo, mis fieles y leales lectores?: visiten la publicación virtual “Ojos de papel” en su edición de principios de este mes
http://www.ojosdepapel.com/Index.aspx?article=3166
donde Malamud se encarga, bajo el título de “Lugares comunes latinoamericanos: el esperpento político” de Evo Morales, Hugo Chávez, Cristina Kirchner y su marido, y del inefable ex obispo Lugo, en quienes descubre una veta rayana con el absurdo literario más imaginativo.
Los que – por motivo de edad, salud, obligaciones laborales o simple obsecuencia – tengan la obligación de ser “politicaly correct”, deberán perdonar esta sonriente distorsión, mía y de Carlos.
Para completar mi pretensión de escabullirle el bulto a la responsabilidad, diré simplemente “Esta vez cedo la tribuna”: lo cortés no quita lo valiente.

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