Archivos para Julio 2009

En Verona perdimos la inocencia

En Verona perdimos la inocencia

Deambulando por Verona, con clima agradable y animo elevado, pasamos por la Plaza de los Señores, con su estatua del Dante, su torre inmensa y cuadrada y su escalinata de sobria elegancia.

Éramos un variopinto grupo de amantes de la música, convocados por la temporada operística de la Arena, justo el único fin de semana en que iban a poner tres obras – Turandot, Carmen y Aída – lo que explica nuestro entusiasmo y excitación.

Llegamos a la Plaza de las Hierbas (¿alusión a que allí se celebraba el mercado de los vegetales? – nadie nos supo responder), también ella con su estatua, esta vez dedicada al León de Venecia. Teníamos la esperanza de sentarnos en cualquier café bajo uno de los toldos, tomarnos un refresco y simplemente gozar de la multitud que iba y venía.

Pero la multitud estaba claramente dividida en dos bandos, como modernos Montescos y Capulettos: unos que ocupaban todas las mesas a la sombra, los otros que se dirigían en riada hacia la salida al sur de la plaza.  A falta de mesa, seguimos a los que caminaban.

La corriente seguía compacta un par de cuadras y desaparecía a la izquierda por una especie de pasadizo, al que entramos: nos recibió un silencio reverente, casi eclesiástico y nos fuimos acercando al patio interior, en que una sacerdotisa del dios Turismo estaba disertando – o adorando – ante la estatua de Santa Julieta de Shakespeare.

La liturgia incluía una lacrimógena historia familiar, peleas seculares, odios antiguos y duelos modernos, espadachines y todo lo que puede tener una buena telenovela de las que pasan a la siesta. Algunos/as de los creyentes restañaban una que otra lágrima, y varios desarrollaban un ritual paralelo de fotografiarse frente a la estatua de la heroína, con o sin ponerle la mano sobre el pecho izquierdo, como indica el culto.

Nuestra guía –una apóstata cientificista con su hoja de la Wikipedia en la mano – se ocupó de quitarnos el placer y la inocencia: Los heroes del culebrón se llamaban Mariotto y Gianozza, la historia la escribió un tal Masuccio Salermitano en 1476 y ¡oh, decepción! todo eso habría pasado en … Siena. El balcón de Julieta fue construido allá por el 1700 en un edificio que pertenecía, aparentemente, a la familia Cappelletti…

Enjugando una lágrima de despecho, nos fuimos a la peatonal Mazzini y nos tomamos un Campari sin alcohol mientras que las chicas miraban fascinadas las carteras en la sucursal de Gucci: perdida la inocencia, solo quedaba esperar  el anochecer para ir a la ópera.

… Pero en el camino, casi todos nos escurrimos hasta la pared blanca de junto a la entrada de la Casa de Julieta, y escribimos con marcador rojo, dentro de un corazón atravesado por una flecha, un mensajito de amor.

Situaciones fuera de control

Situaciones fuera de control

Hace un montón de años, en Perú, el Presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Agricultura de la ciudad de H. me invitó a presentar a sus asociados la feria internacional Agritech, una de las mas novedosas y sofisticadas del mundo en tecnología agrícola.

Me dijo que, después de mi presentación, los asociados, en especial los agricultores, estarían encantados de mostrarme a su vez sus proyectos de desarrollo, lo que me pareció bastante interesante para mi cultura general, pero poco práctico para lo que yo podría hacer por ellos. Igual acepté.

La sala estaba repleta de gentes variopintas, en las que predominaba – finamente hablando – la cultura indígena y la modestia en el vestir: era evidente que los campesinos de la zona vinieron en pleno, no para oírme, sino para ser oídos.

Después de recitar mi discurso (¡hasta yo mismo estaba aburrido de la tecnología de avanzada!), el Presidente de la Cámara cedió la palabra a los asistentes que, todos a la vez, comenzaron a hablar, mas o menos a los gritos: la situación se escapaba de control, cuando el Presidente se puso de pie e amonestó a los asistentes: “¡Por favor, hablen por orden de llegada!”.

Los campesinos callaron, se miraron un momento, y uno comenzó a contar su historia, y luego otro, y un tercero, hasta el último.

Poco pude hacer por resolver sus problemas, pero ellos me enseñaron lo que es educación y respeto.

Me acordé de los campesinos peruanos, quizás iletrados y seguro humildes, cuando – hace pocos días -  el Presidente de la Republica de San Cristóbal (nombre ficticio) aceptó, después de un almuerzo empresaria,l reunirse con hombres de negocios para estudiar proyectos de inversión o desarrollo en su país.

Así fue que, en la antesala del cuarto que ocupaba el visitante, el Director General de las Industrias “X” y el Presidente Ejecutivo de las Empresas “Y”, acompañados ambos por un séquito homogéneamente vestido por Armani, casi llegan a las manos para dirimir cuál de ambos era el que debía entrar primero, en tanto que los representantes de las Fabricas “W” y los dignatarios de la Sociedad “Z”, calzados por Lugo Conti, dirimían a los impproperios su derecho a entrar a la audiencia. Un poco más afuera, los agentes de la Compañía “A”  – unos con corbatas de seda Burberry’s, otros con Brioni – se habían quedado protestando porque los del Consorcio “B” se les habían adelantado… Yo me fui, antes que la situación se saliera de control.

¿Indígenas civilizados o capitalismo salvaje?

VENECIA

Varios amigos, que además son fieles y leales lectores de este, vuestro blog, me pidieron que, además de la ironía del Bestia y la Gorda, contase algo sobre nuestras vacaciones.

Allá va, pero antes, un breve

PREFACIO

En una velada a la que fui casi por casualidad, una veterana literata me explicó que ella escribía prosa y poesía, teatro y fábulas, traducía de varios idiomas a otros tantos y un largo y detallado etcétera.

Tras su parrafada, me preguntó “Y usted, joven, ¿qué escribe?”, a lo que contesté ¨Memorandums, señora, memorandums” (sin gran respeto a los plurales latinos).

¿A qué voy? A que en general soy poco dado a escribir sobre sensaciones, sentimientos y todas esas cosas que son difíciles de definir, por lo que trato de ceñirme a – como diría Ortega – “las cosas”.

VENECIA (ahora sí, en serio)

Se puede visitar Venecia de varias maneras: con o sin mentor turístico, con o sin libro de viajes, hasta con o sin mapa.

Nosotros decidimos visitarla al azar de los zapatos, en especial ese domingo por la mañana, en que salimos del hotel a la tempranera hora – para Venecia – de las nueve.

Subimos a un puente, pasamos bajo un arco, cruzamos un canal y avanzamos a paso relajado por una callejuela, creo que la de Sacchere, posiblemente una de las más intrascendentes de toda la ciudad.

En eso estábamos, cuando nos sobrepasó un grupo de damas y caballeros prolijamente vestidos de camisas blancas y pantalones – o faldas, según el caso – negras. Tan intrascendentes como la propia calle, que se perdieron allí adelante sin que les prestásemos casi atención.

Seguíamos por Chiovere más o menos rumbo al puente del Rialto, cuando del frente nos llegó un eco coral: sonaba como un Ave María más o menos renacentista, difícil de identificar. Arrastrados por el sonido, llegamos a la famosa Escuela Grande de San Rocco, frente a la cual el coro – que de eso se trataba – cantaba… solo y simplemente para su placer.

Confieso que se me erizó el vello de los brazos y se me hizo un nudo en la garganta de la emoción: ¡una veintena de personas cantando armónicamente por el simple placer de hacerlo!.

Los tres o cuatro que estábamos allí aplaudimos entusiastas y el coro siguió su camino.

Nosotros fuimos un poco para aquí y otro para allá, subimos a otro puente y cruzamos otro canal… hasta que de nuevo nos llegó el sonido del coro.

Esta vez cantaban “Tras el arco iris” (Over the rainbow) y un puñado de gentes los escuchaban arrobados, frente a la iglesia de San Polo. De nuevo se me pusieron los pelos de punta de la emoción.

Porque Venecia es más que los canales, las góndolas, los palazzi y los cafecitos en Piazza San Marco: es una música “porque sí”, como la de un grillo barroco, que eso era, finalmente, Vivaldi.

Regreso a casa

Como mis fieles y leales lectores podrán haber apreciado, estuve ausente (también del blog) por varias semanas.

Pero todo termina, y también las vacaciones, y con ello se produce el regreso, que se inicia en el momento de llegar al aeropuerto: esta vez fue Milán.

El vuelo era a las 12; nos levantamos a las 5 para cerrar maletas y ponerlas afuera de la habitación del hotel, para que las llevaran al bus. El afable y amable chofer (esloveno, por más datos) se ocupaba de pasarlas del suelo al maletero. Yo, para ayudarle, le fui haciendo poner antes las valijas de los viajeros más mayores, permitiéndoles subir a sus asientos; así que las nuestras quedaron para el final. ”El Bestia” (lo llamábamos así cariñosamente) comentó: “¡Qué vivo, organiza la carga de las valijas para que la suya salga primero!”, con lo que consiguió disgregar en parte mi buen humor matutino.

Partimos.

“La Gorda”, esposa del “Bestia”, abrió su bolsa del desayuno y desperdigó migas por todo el pasillo, quejándose en voz potente y plañidera: “¿Por qué me dieron sándwich de queso si pedí de jamón?”. Ella percudió aún más mi buen humor.

Intenté dormitar. El Bestia y la Gorda, en el asiento delante de mí, reñían enérgicamente sobre si la ventilacion del bus era muy fuerte o muy débil. Pensé en Heráclito (“Todo pasa”) y logré ignorarlos.

El Bestia y la Gorda me despertaron al quejarse a toda voz por el embotellamiento antes de Milán, acusando al chofer de polaco antisemita (insisto, Wilco, el chofer, era esloveno). Dada la situación, la guía decidió parar para un café una vez superado el atasco.

El Bestia y la Gorda discutieron con la cajera el precio de los croissants, y dejaron oír su opinión crítica sobre la limpieza de los baños – a mi modesto ver, por demás limpios y ordenados. También me sermonearon por tomar café con leche fría, “si con leche caliente cuesta igual, ¿por qué no aprovechar?”.

Llegamos al aeropuerto. Del chofer no se despidieron ni le dieron propina, porque adujeron que era un ruso antipático (por si lo olvidaron, era esloveno). El Bestia y la Gorda protestaron al entrar en el edificio por lo frío del aire acondicionado; luego rezongaron por la cola para revisar las maletas y despacharlas; después, porque la empleada de El Al no hablaba hebreo, sino italiano.

El avión se atrasó en despegar una hora: una combinación con varios viajeros estaba demorada, y hubo que esperar. El Bestia y la Gorda comentaron airadamente la situación durante todo el trayecto y juraron no volver a volar a Italia.

Espero que sea cierto.