Periodismo, profesionalidad y política
Hemos devorado con avidez los voluminosos tomos de la trilogía de “Milenium” en la que el escritor y periodista sueco Stieg Larsson cuenta la historia de otro periodista y escritor (¿su alter ego? ¿su auto-retrato?) Kalle Blonkvist, investigador, publicista y sobre todo hombre de altos valores morales.
Kalle es en la novela un periodista que – sin temor – se mete en política: no queda claro a qué partido apoya, pero dispara sus dardos contra gobierno y oposición, contra los fiscales arrogantes y los policías despistados o prejuiciosos, contra los empresarios taimados y los psiquiatras tramposos: en la trilogía, Kalle publica hechos y datos comprobados, y sus dardos dan en el blanco.
Kalle descubre entuertos, los denuncia y expone ante los lectores las ruindades de las empresas, la policía secreta, y hasta de la misma prensa. Es un verdadero profesional: cada denuncia del periodista modelo está debidamente documentada y se cuida muy bien de no revelar sus fuentes, pero a la vez de comprobar que los informantes no inventan sino que exponen hechos verídicos.
Lamentablemente, el escritor Larsson falleció a temprana edad, y nos dejó huérfanos de su periodista ejemplar. Creo que fue lo mejor para la leyenda y lo peor para la literatura de intriga: perdimos un autor y ganamos un modelo de personaje.
Dirán ustedes, caros lectores, “¿qué se le dio a este por meterse a la critica literaria?”.
En realidad, me causó tirria la irresponsable acusación de otro sueco, Donald Boström, que publica en el mayor diario de Suecia, el Aftonbladet, una nota que conmovió al mundo: un palestino que denunció que hombres jóvenes palestinos de Cisjordania y Gaza habían sido capturados por el Ejército de ocupación israelí y sus cuerpos habían sido devueltos a sus familias sin sus órganos, los que fueron usados para transplantes.
El periodista real, Boström, reconoció luego de publicada su nota, que se había basado en rumores, y que no había comprobado si la versión era correcta, pero el daño ya estaba hecho: toda la prensa levantó la noticia, con lo que dos cosas al menos fueron dañadas, si no tres.
Primero, la imagen de Israel, con cuyo deterioro se regodean los antisemitas, antisionistas y anti-lo-que-se-te-de-la-gana de izquierdas, derechas y del piso de arriba.
Segundo, se arruinó la profesionalidad del periodista: cualquiera puede publicar cualquier cosa, sin comprobar su veracidad – ¡la notoriedad y popularidad están garantizadas de inmediato!
Y finalmente, la víctima más notoria de esta farsa dramática de periodismo amarillo sangriento: la verdad periodística quedó bastante maltrecha, aunque – espero – no herida de muerte.
No quiero discutir la imposibilidad científica de que este tipo de transplante de órganos pueda ser realizada, ni el uso del rumor como arma en la guerra psicológica, simplemente pido, con toda humildad, a mis amigos periodistas que sean como el Kalle de la novela y no como el Donald de la triste realidad de algún periódico sueco.

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