Cuando compramos nuestro primer departamento en el pueblito donde ahora vivimos, medimos bien la distancia a mi trabajo: ese mediodía en que firmamos el contrato de compra, tardamos 25 minutos desde Jerusalén hasta donde iba a estar el edificio: no era mala idea, vivir fuera de la gran ciudad, pero cerca de ella.
Cuando finalmente nos mudamos, descubrí que a mediodía – o a medianoche – nadie viaja por la ruta y por eso se demora media hora; si quería llegar antes de las ocho y media de la mañana a la oficina, debía salir mucho antes de las siete, porque la hora pico del transito era … todo el día.
Tuve la suerte de que en el ministerio donde trabajaba instalaron un gimnasio: salía a las seis de casa, llegaba a las seis y media, hacía aparatos o caminadora durante una hora, luego un revitalizador baño y al despacho, fresco como una lechuga… para esperar mas de una hora hasta que el resto de los colegas llegasen, ya arrugados al inicio del día por el atolladero de tránsito.
A veces tenia que viajar hasta la metrópolis, Tel Aviv: era más complicado, porque las reuniones solían ser a eso de las nueve, para lo cual igual debía salir de casa a las siete o siete y media o – si quería evitar el atasco, o a las seis y viajar en menos de treinta minutos para luego pasarme un par de horas sin nada que hacer en los espantosos bares que abren a la madrugada, leyendo los periódicos (que, por supuesto, ya había leído en casa durante el desayuno a las cinco de la madrugada para poder salir a tiempo…).
(Ahora, de jubilado, manejo mis reuniones en horarios más adecuados: en Tel Aviv hacia el mediodía – si es posible alrededor de la mesa; en Jerusalén, los fines de semana cuando es más grato pasear con amigos.)
Por eso me sorprendió oír, hace unos días, a un alto ejecutivo de una empresa de Hi Tech – casualmente vecino nuestro – que se vanagloriaba ante sus colegas de llegar a su oficina, en el norte de Tel Aviv … en menos de media hora!.
No me parece que tenga un helicóptero pagado por la empresa: simplemente es que las distancias son relativas – la hora y media de espera para cruzar Tel Aviv que rige para el resto de los mortales, es para él imposible de aceptar: como si transcurriera sin que a él lo afecte, o como si el tiempo en la ruta se detuviese.
Creo que fue Dostoievsky que dijo que quien miente a unas cuantas personas, puede convencer a unos y a otros no, mientras que quien se miente a sí mismo, se convence siempre.
Lo que hace el orgullo de vivir en mi pueblito!
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