Archivos para Septiembre 2009

Las distancias son relativas

Cuando compramos nuestro primer departamento en el pueblito donde ahora vivimos, medimos bien la distancia a mi trabajo: ese mediodía en que firmamos el contrato de compra, tardamos 25 minutos desde Jerusalén hasta donde iba a estar el edificio: no era mala idea, vivir fuera de la gran ciudad, pero cerca de ella.

Cuando finalmente nos mudamos, descubrí que a mediodía – o a medianoche – nadie viaja por la ruta y por eso se demora media hora; si quería llegar antes de las ocho y media de la mañana a la oficina, debía salir mucho antes de las siete, porque la hora pico del transito era … todo el día.

Tuve la suerte de que en el ministerio donde trabajaba instalaron un gimnasio: salía a las seis de casa, llegaba a las seis y media, hacía aparatos o caminadora durante una hora, luego un revitalizador baño y al despacho, fresco como una lechuga… para esperar mas de una hora hasta que el resto de los colegas llegasen, ya arrugados al inicio del día por el atolladero de tránsito.

A veces tenia que viajar hasta la metrópolis, Tel Aviv: era más complicado, porque las reuniones solían ser a eso de las nueve, para lo cual igual debía salir de casa a las siete o siete y media o – si quería evitar el atasco, o a las seis y viajar en menos de treinta minutos para luego pasarme un par de horas sin nada que hacer en los espantosos bares que abren a la madrugada, leyendo los periódicos (que, por supuesto, ya había leído en casa durante el desayuno a las cinco de la madrugada para poder salir a tiempo…).

(Ahora, de jubilado, manejo mis reuniones en horarios más adecuados: en Tel Aviv hacia el mediodía – si es posible alrededor de la mesa; en Jerusalén, los fines de semana cuando es más grato pasear con amigos.)

Por eso me sorprendió oír, hace unos días, a un alto ejecutivo de una empresa de Hi Tech – casualmente vecino nuestro – que se vanagloriaba ante sus colegas de llegar a su oficina, en el norte de Tel Aviv … en menos de media hora!.

No me parece que tenga un helicóptero pagado por la empresa: simplemente es que las distancias son relativas – la hora y media de espera para cruzar Tel Aviv que rige para el resto de los mortales, es para él imposible de aceptar: como si transcurriera sin que a él lo afecte, o como si el tiempo en la ruta se detuviese.

Creo que fue Dostoievsky que dijo que quien miente a unas cuantas personas, puede convencer a unos y a otros no, mientras que quien se miente a sí mismo, se convence siempre.

Lo que hace el orgullo de vivir en mi pueblito!

Salir en la foto

Antes, cuando era joven, me pagaban por estar en los periódicos. Mejor dicho, una de mis tareas dentro de mi trabajo era aparecer en la prensa – o para el caso la radio o la TV – ya que se esperaba eso de un diplomático.

Tanto, que a veces me preguntaban si les pagaba para que me saquen la foto, a lo que contestaba que yo salía en las fotos porque, como era (soy) bajito siempre estaba en primera fila para ver lo que pasaba.

Pero ahora, jubilado y hasta voluntariamente olvidado, yo no aparezco en las fotos, y mejor así, porque… ¡por lo que hay que mostrar!

Todo esto era cierto, hasta que hace unos días fui invitado quizás por error a una reunión-conferencia, destinada a gente de empresa – ¡bah!, en otras palabras, gente rica – en la que tuve el extraño placer de no conocer a nadie, y que nadie me conociera.

Lo cual no obstó para que, ni bien entrado al salón, un par de papparazzi probablemente confundidos se me abalanzaran cámara en ristre y me acribillaran a flashes, sin prestar atención a mis desesperados gestos de “no gasten pólvora en chimangos” (ni película en desconocidos).

La lluvia de destellos debió haber sido notable, porque – una vez adentrado en el salón y a salvo de los fotógrafos – una especie de susurro me acompañó hasta la barra donde pedí un vaso de soda: “¿Quién diablos será este que le sacan fotos?”, era el tono general del murmullo.

Llegaron a la vez la soda y una dama muy bien vestida, peinada y pintada, a la que realmente taladraron a retratos, pero esta vez el cuchicheo se personalizó: ¡acaba de entrar S., la celebrity de moda!.

El vicepresidente de la empresa WW casi vuelca el vaso de gin tonic en su prisa por estar junto a la señora, el gerente general de las industrias YY se abrió paso a codazos para acercarse al centro del foco, el dueño de la agencia ZZ trastabilló en su afán por acercarse a la que, por suerte para mí, centró sobre sí la atención.

Digo “por suerte para mí” porque dejé de ser una incógnita y me convertí en nadie. Así fue que recibí un pinchito de cordero al romero, en un precioso platito, y luego un poco de ensaladilla en otro, mientras los verdaderos VIP se desgañitaban tratando de llamar la atención a la verdadera celebrity, que libaba lánguida su champagne rosado.

Mascando mi escueta ración – que es lo que se recibe en esas ocasiones, y que siempre me asombra ver cómo somos capaces de pelearnos por esas pocas calorías, cual si viniéramos de Darfur – me acordé del rabino Segal, con su modesto traje negro arrugado y un poco lustroso aquí y allá,  recorriendo casa por casa en su camioneta abollada los barrios de mi pueblito y juntando ropa de abrigo para mandarla a los pobres en Jerusalén y adelantarse al invierno: ése no sale en las fotos del periódico… no es una celebrity.

Ni siquiera es un diplomático; es simplemente un buen tipo, que vive en mi pueblito.

Una buena acción de vez en cuando

Una buena acción de vez en cuando

No siempre uno se puede portar como un buen ciudadano o como un buen vecino: casi nunca hay un gatito que bajar del árbol o una viejita que ayudar a cruzar la calle. Pero a veces… se puede.

Hace un par de días, exactamente el 1ro de septiembre, comenzaron las clases en todas las escuelas de mi pequeño y arrugado país – lo que me podría tener sin cuidado, dada mi provecta edad.

Pero también lo hicieron en el pueblito donde vivo (y del que mis fieles y leales lectores piden que cuente), y con ello se planteó el problema eterno de los chicos que cruzan las calles en cualquier lado, los padres que se apresuran a llevar a sus hijos en el auto a la escuela, las mamas que tienen que repartir en pocos minutos bebes en la guardería, chiquilines en el jardín de infantes y mayorcitos en el colegio. Sin olvidar los adolescentes que desperdician sus hormonas camino al liceo.

Todo ello produce, en el pueblito donde vivo, un simpático caos matutino, al que la policía local – reforzada por unos pocos pensionados policiales – trata de controlar… sin gran éxito en el primer día de clases.

Y ahí aparecen las “Guardias de Oro” – que en sus iniciales hebreas también significan de “tener cuidado en las calles”. Mi amiga Lea, que trabaja en el correo, convenció a su vecina Sara, contable jubilada, que a su vez invito a Tuvia – ingeniero aeronáutico – que llamo a Baruj, administrador en vaya uno a saber que empresa… hasta que me contactaron a mí, que como todos saben, siempre tengo un rato libre, en especial a las siete de la mañana.

Moshe se contacto con el jefe de policía del pueblito, que lo llevo al encargado de seguridad de la red escolar, quien lo metió en la sala de control (una vulgar caseta con un mapa del pueblito) y le dio la lista de las escuelas en las que debíamos presentarnos, sin olvidarse de hacernos vestir los chalecos refractarios amarillos que se usan cuando uno cambia un neumático en medio de la ruta.

Muchos entre los jubilados del pueblo, más muchos que no lo son, se agregaron a la lista, hasta el punto que quizás sobraba gente: creo que no hubo escuelita, colegio o jardín de infantes de mi ciudad en que los Guardianes de Oro no estuvieran, de a uno o dos o tres, orgullosos del deber cumplido.

Yo, mientras tanto y como mucho no tenía para aportar, me dediqué a tomar fotos de los amigos, convertidos por un día en benefactores de la humanidad en pequeña escala: una buena acción, de vez en cuando, estimula y sienta bien, como decía la publicidad hace tiempo.