Paranoias idiomáticas
Un reducido – por ende selecto – grupo de mis leales y amables lectores me ha pedido que siga desarrollando el tema turístico, del que dicen que es divertido, aunque en realidad lo apelaron “interesante”.
Estoy convencido que no hay pelmazo más insufrible que aquel que – en rueda de amigos o simplemente a quien le puede caer – se dedica a narrar en detalle sus viajes y recorridos: generalmente consigue que los demás se harten (con mayor o menor disimulo) y corre el riesgo de que aparezcan los que, habiendo estado en más o menos los mismos sitios, le salgan al paso con descripciones… y le quiten el protagonismo.
La inefable Rosita nos comentaba de unos amigos que, al contarles ella de haber visitado cualquier lugar, le preguntaban: “¿y, no viste tal cosa? ¡te perdiste lo mejor!”, con lo que le arruinaban el sabor de la visita y, más que ello, el de contar sobre ella: la competencia de los turistas puede llegar a ser fatal…
Tras tanto preámbulo, y a pedido del amable público – como dicen por ahí – cuento que en Berlín me sentí un tanto marginado: mi nulo idioma alemán, al que trataba de acercarme por vía del idish de mi infancia, poco y nada ayudaba en lo cotidiano: cierto es que los berlineses fueron muy complacientes y pacientes – en especial los camareros ante nuestras vacilaciones frente a los menús, pero hasta la lectura de los carteles callejeros se nos hacia ardua.
Claro que la industria del turismo masivo – y en inglés, por supuesto – ayudaba bastante, en especial a nivel de museos… pero no solo de cultura vive el hombre, se suele decir.
Una digresión; la masiva marea turística nos frustró en cierto aspecto. En lugares remotos y de manera imprevista solemos encontrarnos con amigos – en el café New York de Budapest fue con Alberto, que estaba casualmente allí por razones de trabajo; a la salida del istmo de Semione, con Mónica y Julio, en camino a una temporada de ópera en Verona… es decir, donde hay muchos turistas, solemos encontrar amigos, o – a falta de ellos – conocidos o colegas. Uno se siente menos extranjero. Pues en la Berlín atestada de turistas de todo tamaño y pelaje… ¡nada!. Ni siquiera un compañero de liceo o un vecino de por ahí: vacío total.
Regreso de la digresión; viajando hacia la ópera, a la tardecita, en un bus de la línea 200 razonablemente atestado, íbamos contando las paradas que faltaban, recitadas por la etérea voz femenina de la grabación, cuando, frente la Embajada de Arabia Saudita, resonó en los altoparlantes la estentórea – no puedo menos que calificarla así – voz de quien supusimos era el chofer.
“¡Grrrrjjnnnsie shaaafnnsie gluuujjjjnsie drigggrenjjjezehen blugggrrrenshehen!”, nos pareció escuchar, en tono francamente amenazador. Y continuó vociferando mientras que el bus – con un sonido sibilante y absoluto – cerraba sus puertas: “¡Shliejnnnggrrr furtensssstrignnnn unfunndinnnnnensichkeit!”. Arrancó con un crujido adicional de neumáticos.
Nos miramos, levantamos las cejas interrogándonos recíprocamente: no habíamos entendido nada, salvo la modulación aterradora, pero – en una reacción muy humana – decidimos esperar y ver. Pasaron por mis ojos imágenes de trenes y nieblas, campos devastados y de confinación. Me veía en uniforme a rayas agonizando en medio de la nieve junto a las alambradas de púas. Un sudor frío me comenzó a correr por dentro de la camisa, y éste se hizo peor cuando, en la siguiente parada, los gritos de “frrrizentruttttten schuggggerbunggggen” se reiteraron, en stacatto.
Aterrado, me animé y en inglés rudimentario pero eficaz – le pregunté a unos estudiantes sentados frente a mí que era lo que estaba pasando… mientras temía lo peor.
“No se preocupe, señor – contestaron, en oxfordiano de liceo – está pidiendo a los pasajeros que dejen libre el pasillo para los que suben”.
Bajamos frente a la ópera, a tiempo para comprar un “beiguel” como los que venden a la entrada del teatro de nuestro pueblito, y dejar que el sudor frío se fuera evaporando y las rodillas dejaran de temblar, antes de entrar a la función.
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