Archivos para Octubre 2009

Paranoias idiomáticas

Paranoias idiomáticas

Un reducido – por ende selecto – grupo de mis leales y amables lectores me ha pedido que siga desarrollando el tema turístico, del que dicen que es divertido, aunque en realidad lo apelaron “interesante”.

Estoy convencido que no hay pelmazo más insufrible que aquel que – en rueda de amigos o simplemente a quien le puede caer – se dedica a narrar en detalle sus viajes y recorridos: generalmente consigue que los demás se harten (con mayor o menor disimulo) y corre el riesgo de que aparezcan los que, habiendo estado en más o menos los mismos sitios, le salgan  al paso con descripciones… y le quiten el protagonismo.

La inefable Rosita nos comentaba de unos amigos que, al contarles ella de haber visitado cualquier lugar, le preguntaban: “¿y, no viste tal cosa? ¡te perdiste lo mejor!”, con lo que le arruinaban el sabor de la visita y, más que ello, el de contar sobre ella: la competencia de los turistas puede llegar a ser fatal…

Tras tanto preámbulo, y a pedido del amable público – como dicen por ahí – cuento que en Berlín me sentí un tanto marginado: mi nulo idioma alemán, al que trataba de acercarme por vía del idish de mi infancia, poco y nada ayudaba en lo cotidiano: cierto es que los berlineses fueron muy complacientes y pacientes – en especial los camareros ante nuestras vacilaciones frente a los menús, pero hasta la lectura de los carteles callejeros se nos hacia ardua.

Claro que la industria del turismo masivo – y en inglés, por supuesto – ayudaba bastante, en especial a nivel de museos… pero no solo de cultura vive el hombre, se suele decir.

Una digresión; la masiva marea turística nos frustró en cierto aspecto. En lugares remotos y de manera imprevista solemos encontrarnos con amigos – en el café New York de Budapest fue con Alberto, que estaba casualmente allí por razones de trabajo; a la salida del istmo de Semione, con Mónica y Julio, en camino a una temporada de ópera en Verona… es decir, donde hay muchos turistas, solemos encontrar amigos, o – a falta de ellos – conocidos o colegas. Uno se siente menos extranjero. Pues en la Berlín atestada de turistas de todo tamaño y pelaje… ¡nada!. Ni siquiera un compañero de liceo o un vecino de por ahí: vacío total.

Regreso de la digresión; viajando hacia la ópera, a la tardecita, en un bus de la línea 200 razonablemente atestado, íbamos contando las paradas que faltaban, recitadas por la etérea voz femenina de la grabación, cuando, frente la Embajada de Arabia Saudita, resonó en los altoparlantes la estentórea – no puedo menos que calificarla así – voz de quien supusimos era el chofer.

“¡Grrrrjjnnnsie shaaafnnsie gluuujjjjnsie drigggrenjjjezehen blugggrrrenshehen!”, nos pareció escuchar, en tono francamente amenazador. Y continuó vociferando mientras que el bus – con un sonido sibilante y absoluto – cerraba sus puertas: “¡Shliejnnnggrrr furtensssstrignnnn unfunndinnnnnensichkeit!”. Arrancó con un crujido adicional de neumáticos.

Nos miramos, levantamos las cejas interrogándonos recíprocamente: no habíamos entendido nada, salvo la modulación aterradora, pero – en una reacción muy humana – decidimos esperar y ver. Pasaron por mis ojos imágenes de trenes y nieblas, campos devastados y de confinación. Me veía en uniforme a rayas agonizando en medio de la nieve junto a las alambradas de púas. Un sudor frío me comenzó a correr por dentro de la camisa, y éste se hizo peor cuando, en la siguiente parada, los gritos de “frrrizentruttttten schuggggerbunggggen” se reiteraron, en stacatto.

Aterrado, me animé y en inglés rudimentario pero eficaz – le pregunté a unos estudiantes sentados frente a mí que era lo que estaba pasando… mientras temía lo peor.

“No se preocupe, señor – contestaron, en oxfordiano de liceo – está pidiendo a los pasajeros que dejen libre el pasillo para  los que suben”.

Bajamos frente a la ópera, a tiempo para comprar un “beiguel” como los que venden a la entrada del teatro de nuestro pueblito, y dejar que el sudor frío se fuera evaporando y las rodillas dejaran de temblar, antes de entrar a la función.

¡Musica, maestro!

¡Musica, maestro!

Conocí hace tiempo una gente que solía ir – en el verano boreal – al Festival de Salzburgo, pero no solos o en pareja, sino en grupos acompañados (¿guiados, aleccionados?) por Mario Vargas Llosa: ¡un lujo!

Como dicen en la provincia, a mí el cuero me dio solo para pasar unos días en la así llamada la ciudad de la música (Praga), quizás porque vivieron en ella, en la más o menos digna miseria, varios de los compositores más conocidos del genero clásico, por el caso Mozart, Shubert, Dvorac, Smetana. Ni hablar de  Josef Seger, Johann Anton Kozeluh, Franz Xaver Dusek y Vincenc Maschek, contemporáneos de Mozart y más que desconocidos por mis fieles y leales lectores (y por supuesto, por vuestro amable servidor).

Estimulado con los sones del Ave María de Bach que había escuchado en la iglesia de Pedro y Pablo en Karlovy Vary – que fuera interrumpida por un imprudente e inoportuno celular mal apagado, casualmente el mío, para estupor y odio de los asistentes – y por unos trozos de las Cuatro Estaciones de Vivaldi en arreglo para órgano, violín y soprano, otros de Haendel y Bach, más el infaltable canon de Pachelbel, estaba convencido que en la capital Praga iba a darme un banquete barroco…

Hago un paréntesis para acotar que deseché otro concierto en otra iglesia de KV, porque el organista se llama Kvech – palabra que en idish significa “apretón” o “estrujón”: un organista que se llame así no me despierta confianza. Además, el programa era muy similar.

Sigo con la historia: llegando a Praga – ciudad de la música, si recuerdan – recibimos folletos de recitales en los cien barrios pragueños: Gli Archi di Praga, en el Monasterio de San Michel; el Chamber Ensamble Musica Praga, en la Iglesia de Sant Martín; la Vivaldi Orchestra Praga, en la Capilla de los Espejos del Klementinum (la Biblioteca Nacional).

Tanta sacralidad y los curiosos nombres de los conjuntos nos dieron un poco de miedo: ¿no se trataría de los alumnos del Conservatorio, que buscan ganar unos euros – o mejor dicho unas coronas?. Revisando los programas, vimos las Cuatro de Vivaldi, la Pequeña Serenata de Mozart, el Canon de Pachelbel… y las Danzas Eslavas de Dvorac en ¡todas las funciones, no importa la iglesia o la orquestita!

Nos pareció más seria la Sala Municipal de Conciertos, que en la foto del panfleto aparece como una maravilla art nouveau (confieso que en eso no nos desilusionamos, pese a las butacas de madera – ¿quebracho? – apenas suavizadas por una suave cobertura de tapizado). Allí tocaba la Prague Music Chamber Orchestra, que ofrecía… las Cuatro Estaciones de Vivaldi, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart y el inevitable Canon de Pachelbel.

Pero, además, anunciaban trozos de Haendel, Mascagni, Brahms y hasta los hermanos Strauss – que fue lo que nos decidió.

No quiero exagerar, pero eran casi más los de la orquesta – diez en total – que los de la platea. De la calidad interpretativa, nada puedo decir, refugiado en mi ignorancia. Pero siempre hay una esperanza: para la siguiente semana estaba anunciada la suite “De mi Patria”, de Smetana y la Sinfonía “Del Nuevo Mundo”, de Dvorac, interpretadas por la Philharmony Hradec Králové Orchestra.

Debo reconocer que los berlineses son mucho más prácticos: las entradas para los conciertos estaban agotadas desde semanas antes, pero la Filarmónica de Berlín ofrece recitales gratuitos en el foyer, los martes al mediodía. Allí pudimos escuchar a un excelente (y reducido) grupo de instrumentistas, tocando los tríos para clarinete de Beethoven y de Brahms, previa ingestión de un almuerzo ligero consistente en –transcribo- “Rinderfiletgeschneltzes mit frisen Pfifferlingen” o en unos simples “Schnippelboheneintopf mit Lammfleisch” (tiritas de carne cocidas con hongos y carne de cordero con vegetales) a sólo 7 euros.

Y – que no quepa duda – el trío de la Filarmónica de Berlín tocaba condenadamente bien.

La frustrada fuente de la juventud

En la Galeria de Pinturas de Berlín hay un cuadro, creo de Lucas Cranach, que se llama “La fuente de la Juventud”, en el que se muestra una enorme piscina a la que van entrando unas ancianas tristes, arrugaditas y flácidas, las que – tras pasarla requetebién dentro del agua de la pileta – salen convertidas en unas jovenzuelas gráciles y felices.

Karlovy Vary es mas o menos esa idea, solo que las damas que entran allí, salen iguales que al principio, con las mismas caras tristonas y crispadas, y sin el mas mínimo buen humor.

Una especie de fuente de la juventud pero frustrada.

La definición seria algo así como “decadancia”, mezcla de decadencia y elegancia.

En especial la elegancia en las tiendas de ropa, a precios de asesinato, que se alterna con la decadencia de los tenderetes en los que aun se venden ropas de la época socialista (o textiles made in China, que viene a ser lo mismo).

La elegancia de hoteles llenos de brocados y boisseries al lado de decadentes restaurantes falsamente italianos o franceses en edificios a los que el tiempo no ha perdonado.

Karlovy Vary es una especie de sucursal europea de Montevideo, en la que todos andan por la calle sorbiendo de una especie de tacitas con bombilla – mates checos, yo les diría – que llenan de aguas minerales (de discutible sabor y dudoso efecto terapéutico) en las fuentes dispersas por la acera, y no en los termos que los uruguayos portan con elegancia bajo el sobaco.

La ceremonia de llenar la tacita en la fuente y de sorberla lentamente es casi un ritual pagano: pareciera que chupar de la bombilla le confiere al usuario un aire místico o al menos filosófico: me los imagino reflexionando profundamente sobre la eternidad del cangrejo o la fragilidad de la vida, mientras deambulan lentamente con rostro concentrado, tacita en ristre.

Como si estuvieran diciendo “uuu”, pero para adentro, no se si soy claro.

En vez de la “vuelta al perro” común en nuestras ciudades de provincia, es la “vuelta al mate”, pero a la europea: un chupo-dromo ambulatorio, diría mi amigo Adam, el peruano.

Sin una sonrisa, los checos y los rusos; con alguna que otra carcajada estentórea y cervecera, los alemanes; mirando al mundo a través del agujerito de la cámara digital, los japoneses. Todos disciplinados siguiendo a sus pastores – que los guían no con sus cayados, sino con sus altoparlantes colgados de la cintura.

Parecería que de las épocas del socialismo, en Karlovy Vary solo quedan dos cosas: la mole de cemento de la columnata de la amistad checo-soviética, hoy galería de fuentes termales y quioscos de recuerdos, y la seriedad burocrática de las masajistas – que realizan su tarea en el mayor de los silencios, quizás por temor a la KGB o como se llamase en esa época la policía secreta, o por simple desconocimiento de idiomas foráneos…

“Ciudad sanatorio”, de la que uno no sale ni curado ni mas feliz de lo que entro, como sucede en el cuadro de Cranach: solamente frustrado… pero, que bella ciudad, de todos modos!… y qué bien la pasamos!