¡Musica, maestro!
Conocí hace tiempo una gente que solía ir – en el verano boreal – al Festival de Salzburgo, pero no solos o en pareja, sino en grupos acompañados (¿guiados, aleccionados?) por Mario Vargas Llosa: ¡un lujo!
Como dicen en la provincia, a mí el cuero me dio solo para pasar unos días en la así llamada la ciudad de la música (Praga), quizás porque vivieron en ella, en la más o menos digna miseria, varios de los compositores más conocidos del genero clásico, por el caso Mozart, Shubert, Dvorac, Smetana. Ni hablar de Josef Seger, Johann Anton Kozeluh, Franz Xaver Dusek y Vincenc Maschek, contemporáneos de Mozart y más que desconocidos por mis fieles y leales lectores (y por supuesto, por vuestro amable servidor).
Estimulado con los sones del Ave María de Bach que había escuchado en la iglesia de Pedro y Pablo en Karlovy Vary – que fuera interrumpida por un imprudente e inoportuno celular mal apagado, casualmente el mío, para estupor y odio de los asistentes – y por unos trozos de las Cuatro Estaciones de Vivaldi en arreglo para órgano, violín y soprano, otros de Haendel y Bach, más el infaltable canon de Pachelbel, estaba convencido que en la capital Praga iba a darme un banquete barroco…
Hago un paréntesis para acotar que deseché otro concierto en otra iglesia de KV, porque el organista se llama Kvech – palabra que en idish significa “apretón” o “estrujón”: un organista que se llame así no me despierta confianza. Además, el programa era muy similar.
Sigo con la historia: llegando a Praga – ciudad de la música, si recuerdan – recibimos folletos de recitales en los cien barrios pragueños: Gli Archi di Praga, en el Monasterio de San Michel; el Chamber Ensamble Musica Praga, en la Iglesia de Sant Martín; la Vivaldi Orchestra Praga, en la Capilla de los Espejos del Klementinum (la Biblioteca Nacional).
Tanta sacralidad y los curiosos nombres de los conjuntos nos dieron un poco de miedo: ¿no se trataría de los alumnos del Conservatorio, que buscan ganar unos euros – o mejor dicho unas coronas?. Revisando los programas, vimos las Cuatro de Vivaldi, la Pequeña Serenata de Mozart, el Canon de Pachelbel… y las Danzas Eslavas de Dvorac en ¡todas las funciones, no importa la iglesia o la orquestita!
Nos pareció más seria la Sala Municipal de Conciertos, que en la foto del panfleto aparece como una maravilla art nouveau (confieso que en eso no nos desilusionamos, pese a las butacas de madera – ¿quebracho? – apenas suavizadas por una suave cobertura de tapizado). Allí tocaba la Prague Music Chamber Orchestra, que ofrecía… las Cuatro Estaciones de Vivaldi, la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart y el inevitable Canon de Pachelbel.
Pero, además, anunciaban trozos de Haendel, Mascagni, Brahms y hasta los hermanos Strauss – que fue lo que nos decidió.
No quiero exagerar, pero eran casi más los de la orquesta – diez en total – que los de la platea. De la calidad interpretativa, nada puedo decir, refugiado en mi ignorancia. Pero siempre hay una esperanza: para la siguiente semana estaba anunciada la suite “De mi Patria”, de Smetana y la Sinfonía “Del Nuevo Mundo”, de Dvorac, interpretadas por la Philharmony Hradec Králové Orchestra.
Debo reconocer que los berlineses son mucho más prácticos: las entradas para los conciertos estaban agotadas desde semanas antes, pero la Filarmónica de Berlín ofrece recitales gratuitos en el foyer, los martes al mediodía. Allí pudimos escuchar a un excelente (y reducido) grupo de instrumentistas, tocando los tríos para clarinete de Beethoven y de Brahms, previa ingestión de un almuerzo ligero consistente en –transcribo- “Rinderfiletgeschneltzes mit frisen Pfifferlingen” o en unos simples “Schnippelboheneintopf mit Lammfleisch” (tiritas de carne cocidas con hongos y carne de cordero con vegetales) a sólo 7 euros.
Y – que no quepa duda – el trío de la Filarmónica de Berlín tocaba condenadamente bien.
Para continuar con tu lexico, “escribis endominiadmente bien”. (perdon por la falta de tildes). Algun dia volvere a Europa y me acordare de ti.
Joel:
Como siempre muy amena la lectura de tus historias.
Lo de “siempre hay una esperanza” referido a “Mi Patria de Smetana” supongo que es un juego de palabras por constituir la base del Hatikva (esperanza)? En ese caso es muy sutil y genera una intertextualidad* interesante.
*Aprendí esta palabra hace poco y la quería usar.
Hasta la próxima!