Archivos para Noviembre 2009

Aunqueospese,

Una curiosidad geográfica que no figura en Wikipedia

El castillo de Aunqueospese (que también suelen llamarlo Malqueospese) se encuentra en la provincia de Ávila, a 2,5 kilómetros de Mironcillo, sobre los peñascales de las primeras estribaciones de la sierra del Zapatero, asomado al Valle Amblés.

Se puede llegar a él desde un camino forestal que parte desde la localidad, y que marca una nave que hay que dejar a la izquierda. La subida es ciertamente penosa, por lo que, si se hace a pie, es recomendable no hacerlo en horas de intenso sol y llevar agua. Si se decide ir en coche, habrá que tener en cuenta que el camino se hace impracticable a medida que se sube. Casi a pie de castillo se puede llegar fácilmente con un vehículo todoterreno. Hay que tener precaución, ya que existen colmenas antes de llegar al castillo. El último repecho ha de hacerse a pie y con cuidado porque el suelo está muy resbaladizo.

La construcción del castillo de Aunqueospese fue iniciada en 1490 por Pedro Dávila, capitán del duque de Alba, sobre un territorio usurpado a la comunidad de Ávila. Esta presentó un pleito que obligó a paralizar las obras, de tal manera que no pudo ser terminado hasta 1504, por Esteban Dávila, hijo del anterior.

Siempre se ha pensado que esta construcción fue levantada sin autentico fin defensivo y en fecha bastante tardía, siglo XV, pero según diversos estudios el actual castillo se asienta sobre una antigua fortificación musulmana. De todos modos no hay nada claro, y por ello no es de extrañar que sea objeto de numerosas leyendas que hacen referencia a unos amores contrariados, a rivalidades seculares entre caballeros de la ciudad y a amores imposibles entre una princesa árabe y un prisionero cristiano.

La leyenda más conocida es la de Don Alvar Dávila y Doña Guiomar:

“Volvían a Ávila, de pelear como buenos en las Navas de Tolosa, los escuadrones de serranos y habían entrado ya en la ciudad por la Puerta del Alcázar. Recorrían las calles entre los vítores de la plebe y los saludos de los nobles, que presenciaban el desfile desde los ventanales o en las torres de sus palacios. Apuesto y bizarro sobre un negro corcel, iba el capitán D. Alvar Dávila, señor de Sotalvo, al frente de sus escuadrones, repartiendo sonrisas y saludos.

”Llegaba ya el desfile frente al palacio de D. Diego de Zuñiga, noble y palaciego abulense, arriba, desde la alta ventana, su hija Dª Guiomar aplaudía a los guerreros. Era linda y tenía ojos negros la condesita, era blanca como el lirio de los campos y su mirada angelical se cruzo con la de Alvar Dávila, que sonreía, sonreía… el valiente capitán de serranos recorrió ya la ciudad sin corazón, ¡lo había perdido en una sonrisa!.

”Muchas veces se vieron Alvar Dávila y la condesita Guiomar, pero siempre a través de aquel alto ventanal de la torre del palacio de D. Diego de Zuñiga. Guardaba el conde a su hija entre los recios muros de la casa señorial para ofrecérsela a Dios. Era duro y altivo el conde, y ante él vino un día el capitán de serranos. Eran breves las treguas de guerra y le pidió licencia para casarse con la condesita, su hija, antes de una nueva partida. El conde, la ira en los ojos, ordenó al capitán que abandonase su palacio, prohibiéndole que en lo sucesivo volver a ver a Dª Guiomar.

”El señor de Sotalvo con toda dignidad y gran Entereza, replico al irascible: – Cuando el amor ha nacido, no se le mata con vilencias; que el corazón del enamorado es rebelde y terco en la rebeldía. Dª Guiomar y yo seguiremos amándonos, y aún más, viéndonos: ¡ Mal que os pese !.

”Guardias rondaban día y noche el palacio, para prender al capitán si osaba acercarse. Mientras tanto, en el coto señorial de Sotalvo, sobre las altas rocas, mirando a Ávila, la brisa del corazón de Alvar Dávila alzaba en pocos días un blanco castillo roquero. Se adivinaban, más que se veían, los dos enamorados; ella miraba a la sierra; él, en las altas almenas que descubrían la ciudad.

”Hasta que un día, al fin, el alma blanca de Dª Guiomar se escapó, hecha suspiro, del lirio de su cuerpo. A las torres del castillo vino aquel día nívea paloma. Suave era el arrullo, y el castellano la tomo con ternura en sus manos, poniéndola al cuello blanco lazo de raso.

”De madrugada partía para la guerra al frente de sus escuadrones de serranos. Y en la guerra murió peleando como bueno…”

¿No les parece simpático o al menos curioso? Y en particular… ¡no está en Wikipedia! Está en un sitio dedicado a los castillos de España, por si les interesan.

Hay gente buena, incluso en otros pueblitos.

Como mis fieles y leales lectores saben, los sábados no se trabaja en Israel, y tampoco en el pueblito en que vivo. Lo que quiere decir – simplemente – que si uno quiere un buen brunch el sábado por la mañana, debe viajar a otro lado. No es que no haya donde comer por aquí, pero ya hemos probado  los dos o tres únicos lugares que hay, en definitiva, sin gran entusiasmo por los resultados.

Así que, seducidos por la publicidad en uno de los cinco periódicos gratuitos locales (¡sí, hay cinco y son todos gratuitos, pagados por la publicidad y demagógicamente subvencionados por la municipalidad, con nuestros impuestos, obviamente!), decidimos viajar a otro pueblito, más o menos similar al nuestro, en el camino a Jerusalén, pero vía una ruta secundaria, que de paso poco tiene que envidiar a los paisajes de la Bohemia checa con sus bosques espesos y sus valles emplnados.

Pueblo tranquilo, si los hay, Zur Hadasa: chiquilines en bicicletas por las avenidas, grandulones en bicicletas por todos lados, sobre todo en las rutas – verlos pedalear en la subida de las colinas produce piedad… – y al fondo del valle, un patio de equitación bordeado por la confitería, en cuyo balcón los burgueses de la zona devoran los omelettes sabatinos rodeados de perritos regalones y cochecitos de bebés.

En la panera del brunch se había entrometido un trozo de cierta exquisita tarta, de sabor poco definible con toques de canela y alguna que otra pasa de uva, esponjosa, suavecita: una delicia.

Terminamos de devorar los huevos con chorizo, queso Saint Mor y salsa picante, de tomar el café pertinente y nos enfocamos a un postre digestivo: pedimos más de esa tarta anónima.

El camarero que trajo el café no sabia de esta mentada tarta; tampoco la joven que había tomado el pedido. La matrona enfurruñada que oficiaba de maitre no tenía ni idea de qué estábamos pidiendo. Misterio total.

Salimos del salón después de un simple café de postre, y topamos con el chef, regordete con barbita “mosca”, que fue debidamente – y sinceramente – felicitado por su versión mesoriental del típico pisto andaluz, aunque…

Se sobresaltó: ¿cómo es que encontramos objeciones a su comida?. No podía creer que entre sus exquisiteces se hubiese infiltrado una exoticidad con canela y pasas: simplemente ¡imposible!. Pidió que le esperemos un momento, que debía investigar y desapareció tragado por las nubes de vapor de la cocina.

Unos momentos más tarde, salió uno de sus ayudantes con una bandejita de plástico en la mano – parece que la tarta de zanahoria que tanto nos gustó… era el postre que se había traído el chef de la confitería que su familia tiene en Yaffo: el chef nos la mandó de regalo: el gordito renunció a su tarta para conformar al cliente.

Hay gente buena, incluso en otros pueblitos.

Provincial-patriotismo

Algunas de las reaccciones de mis fieles y leaIes lectores sobre “Un poquito de nacionalismo” han sido algo desbrujuladas: un par se han publicado entre los comentarios, otras llegaron por mail y no seria demasiado ético que se las publique – supongo que usaron el mail para mantener un cierto anonimato o por simple timidez.

En vez de recrearse con mis opiniones musicales, mis lectores se dedicaron a expresar sus diversos grados de “nacionalismo”, o mejor dicho, los diversos grados en que se identificaban con él: ¡algunos se volvieron “nacionalistas-exultantes”, a mi pesar!,

Creo que mi definición era incorrecta. Regreso a la nota anterior y me cito a mí mismo cuando cito a otro (¡atención, seguirán las citas más adelante!):

“Más bien soy un “nacionalista-provincial”, sin caer en el provincialismo que define Ryszard Kapuscinski, (¡sí, se llama así en polaco!; en español se lee Richard Kapuchinski) como ‘Provinciano es aquel cuyo pensamiento está centrado en un limitado espacio al que el individuo en cuestión atribuye una importancia desmesurada, universal’.”

Pues bien, parece que confundí a los lectores: después de buscar varias definiciones, usaré la palabra “patriota” en vez de nacionalista, aplicado a mi pueblito, en el sentido irónico de que – en palabras de George Bernard Shaw (¡este tipo se pasó la vida diciendo frases celebres… parece Bolívar!) – “Patriotismo es tu convencimiento de que este lugar es superior a todos los demás porque tú naciste en él”.

Cambié en la cita “país” por “lugar”, para que quede claro que creer en la superioridad de un lugar (o un país, o un barrio), por el mero hecho de que uno nació o vive en él es una simpleza. Si uno usa el así llamado “patriotismo” para conseguir que ese lugar sea mejor de lo que era antes, vaya y pase. Pero si se usa ese sentimiento en la forma que lo define Borges (otro que se pasó la vida escribiendo citas, pareciera) – “El patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones.” – bueno, es un desperdicio de energía. Creo.

Voy a dar un ejemplo, de mi pueblito por supuesto: el consejal de Medio Ambiente, Alex, que también es responsable de la limpieza de las calles, descubrió que las palmeras que hay en todas las avenidas harán por esta época de año una fantástica mugre con los dátiles que caerán al madurar en un par de semanas.

¿Qué hizo Alex, patrióticamente? Pensó. Que en eso reside el patriotismo: no pensó en sí mismo – podría haber pedido que los del camión de la limpieza, ese con el cepillo circular, sigan con la rutina y limpien las avenidas un par de veces – sino en cómo hacer que la gente goce de los dátiles y evite la mugre callejera.

“Incautó” un camión de la Municipalidad, un par de escaleras, unos serruchos y unas tijeras de podar y se paseó por las avenidas con los dos jardineros municipales que tenemos en el pueblito, ayudados por un grupito de boy-scouts… podaron los racimos de dátiles antes de que maduren y los trasladaron al anfiteatrito que hay frente a la Intendencia.

A las cuatro de la tarde, decenas de mamás con sus niños y desde las seis muchos padres de familia pasaron por el “anfi”, recogieron los racimos y recibieron una breve clase sobre qué hacer con los dátiles: tortas, dulces y postres.

Limpio, gratis, ingenioso. Eso es provincial-patriotismo en acción: ¡Bravo. Alex! Por cierto, dentro de unas semanas haremos una comilona de dátiles en el balcón: están todos invitados.

Un poquito de nacionalismo… estimula y sienta bien.

No me refiero al nacionalismo que Ben Johnson define como “el ultimo refugio del canalla”. Y menos aún al que, según George Bernard Shaw es “la convicción que tienen los idiotas de que un país es el mejor del mundo porque ellos han nacido en él”.

Quienes me conocen saben que no me considero un canalla nacionalista, y menos aún un idiota idem.

Pero que el equipo de fútbol de Macabí Haifa venza a uno de Viena, me hace sentir moderadamente orgulloso durante el par de minutos que dura el informativo de las siete (mañana, seguro pierde); del mismo modo, sentí una sana emoción coterránea cuando le dieron el Premio Nóbel de Física a una profesora de Rehovot: mi nuera, la madre de mi único y adorado nieto es del mismo pueblito. ¡De pronto compramos salamines en la misma fiambrería que una Premio Nóbel!.

Mi nacionalismo es más hogareño: me siento nacionalista de mi pueblito, en el que soporto heroicamente a los automovilistas maleducados y los vecinos desaprensivos con las bolsas de basura. Pero también me enorgullezco de los jubilados que cuidan las esquinas de las escuelas a la hora de entrada y salida, o del rabino que junta ropa de invierno para los necesitados en Jerusalén.

Más bien soy un “nacionalista-provincial”, sin caer en el provincialismo que define Ryszard Kapuscinski, (¡sí, se llama así en polaco!; en español se lee Richard Kapuchinski) como “Provinciano es aquel cuyo pensamiento está centrado en un limitado espacio al que el individuo en cuestión atribuye una importancia desmesurada, universal”.

No exagero en mi nacional-provincialismo: solo me alegro (y hasta me siento orgulloso) que en este pueblito haya, por ejemplo, un “Otoño musical”, que este fin de semana presentó desde jazz hasta flamenco, una orquesta sinfónica y varios conjuntos de cámara, coros y acordeonistas, en fin, un montón de buena música gratis o a precios bien baratos.

No porque este pueblito donde vivo tenga una “importancia desmesurada”: es – como bien les conté varias veces – un enorme dormitorio con avenidas arboladas; pero, a veces, pasa a ser una especie de agradable lugar para vivir, en particular si en la escuela de al lado se presenta un quinteto de vientos con puro Mozart o en la Biblioteca Pública toca el famoso Trío Adler (el de las harmónicas, ¿se acuerdan?).

Me pongo contento si mis amigos Héctor y Marta, y veinte más como ellos, cantan en el Coro Clásico de la ciudad (el nombre es un poco rimbombante, lo reconozco), y si doscientos van a escucharlos en el Liceo del barrio de enfrente, mientras que seiscientos se amontonan en el auditorio pomposamente llamado “Palacio de la Cultura” para escuchar a la Sinfónica de Jerusalén tocando a Beethoven.

Me siento “nacional-provincialista” en el sentido musical por haber asistido al “Viva Vivaldi” que por la mañana tocó el Ensamble Barrocada en el shoping y por haberme perdido al conjunto que actuó en el patio de la municipalidad, que dicen que estuvo fenomenal…

Será dentro de seis meses, con el Festival de Primavera: otro momento de nacional-provincialismo bien entendido.