Archivo mensual: diciembre 2010

Indiscretos informes diplomáticos

Una vez, uno de mis jefes me recriminó porque no informaba lo suficiente: le respondí que no lo hacía porque no estaba seguro de que leía mis informes. Nunca contestó – creo que no leyó mi respuesta.

En otra oportunidad, un colega que trabajaba en cierto país que iba a construir una represa hidroeléctrica pidió informes sobre los efectos que estas instalaciones tenían sobre la población que vivía cerca de ellas.

Le contesté que – después de haber hecho las averiguaciones pertinentes – los resultados eran:

· Según la empresa constructora, la electricidad estática producida por los cables de alta tensión podría interferir en las comunicaciones telefónicas paralelas;
· Según el Ministerio de Salud, el ruido producido por las turbinas podría afectar la capacidad auditiva de la población lindera;
· Según el Ministerio de Medio Ambiente, las aves migratorias podrían cambiar sus itinerarios anuales;
· Según la Dirección de Parque Nacionales, los árboles de alrededor podrían verse afectados por las corrientes de aire;
· Según la Facultad de Ciencias del Comportamiento, la mencionada electricidad estática podría elevar la tensión y nerviosismo de los vecinos, a lo que la Policía agregó que ello podría aumentar los casos de delincuencia – empeorándose (según el Instituto de Salud Mental) – la tasa de suicidio.
· La Asociación de Psiquiatras opinó que – posiblemente – cierta parte de la población se vería afectada por trastornos nerviosos y hasta impotencia sexual… y un largo etcétera que prefiero ahorrar a mis leales y fieles lectores.

El caso es que en nuestro pequeño y arrugadito país no hay ni una sola usina hidroeléctrica ni para remedio, salvo una que se construyó sobre el Rió Jordán en un remoto pasado y quedó en desuso luego de la guerra… por obvias razones.

El destinatario del informe agradeció nuestro esfuerzo (innegablemente inventado, porque no íbamos a hacer el papelón de ir a nadie con semejantes preguntas irrelevantes) y prometió pasarlo a las autoridades respectivas en su país de residencia: ¡es claro que ni se tomó el trabajo de leer el texto hasta el final!

Cuentan que un embajador en cierto país africano anunció a su Cancillería que el sótano de su residencia sufría de filtraciones de agua, por supuesto, sin recibir contestación. A la semana siguiente, informó que el agua había subido a 20 centímetros: igual carencia de resultados. La cuarta o quinta carta, en la que explicaba que no solo el sótano estaba inundado, sino que ya había en él pescaditos, recibió una lacónica respuesta: “Enviaremos un equipo de pesca con el próximo correo diplomático”.

Fue Benjamín Franklin, embajador de los Estados Unidos ante la corte del Rey de Francia antes de la Revolución (francesa, por supuesto), quien una vez comentó: “Si mi gobierno no contesta mi carta de hace un año antes de fin de este año, les escribiré una fuerte protesta el año próximo”.

Por eso insisto, los únicos que se benefician de los informes diplomáticos son los chicos de WikiKK… y los funcionarios con sentido del humor.

Indiscreciones diplomáticas

Si los muchachos de Wikileaks (en más ¨WikiKK”) pueden revelar secretos, ¿por qué yo no? Es cierto que no voy a dejar mal parado a Sarcozy y al Rey de Nepal – a quienes tengo el placer de no conocer – pero, alguno que otro personaje resonará en los pasillos de mi propia WikiKK.

Por ejemplo, hablando de los cócteles, recordaré con cariño a una señora muy encopetada, elegantemente vestida – diría más que demasiado bien vestida – que no deja de apersonarse en las recepciones de todas y cada una de las embajadas en nuestro arrugado y divertido país, habiendo sido invitada o no. La llaman “La croqueta”, justamente por estar en todos los cócteles. Se te pega en la cola de entrada, si es que fuiste solo, así pasa con tu invitación como si fuera tu compañera o esposa. Todos la conocen, así que igual la dejarían entrar, pero ella se hace la pícara.

Hay otros, los “perejiles” – están en todas las salsas – que se hacen pasar por periodistas, empresarios de comunicaciones o simplemente asistentes ambiguamente definidos. Esos llegan generalmente en grupo, con uno que otro realmente invitado que les hace de punta de lanza, se ubican al fondo de la sala pero no demasiado lejos de la mesa de los sandwichitos y conversan entre ellos mientras liquidan la comida con fruición.

Si la recepción que estas programando peligra de ser flaca de asistencia, conviene invitar a un par de ellos, que ya se ocupan de arrastrar al resto y llenarte el salón, de modo que los verdaderos convidados no se sienten muy solos: si el motivo del ágape es una exposición, por ejemplo, invite también a un par de artistas pasados de moda: por un lado, los hará felices; por el otro, ellos arrastraran también a su grupo de añadidos (antes se los llamaba “colados”) que te darán sensación de que tienes poder de convocatoria.

Una vez íbamos a inaugurar una exposición de arte moderno en una de las capitales latinoamericanas, y sabíamos de antemano que la propuesta no era demasiado atractiva: nadie conocía a los artistas, y la galería era de extramuros. Decidimos entonces agregar a la invitación, en vez del convencional “coctel” que indica atuendo informal, la palabra “ravioles”: la cola para entrar llegó a medir varios centenares de metros y una secretaria se ocupó de tomar las direcciones de los visitantes. Desde eso momento, todas nuestras inauguraciones fueron un éxito de público… y los ravioles son más baratos que el caviar con champagne.

Y sobre el tema del caviar: no gaste un platal en canapés, sandwichitos de miga y güisqui (¡el ordenador se empecina en escribirlo así!): hágase unas tostadas de pan blanco, úntelas con mayonesa de la barata, espolvoree arriba unas bolitas de caviar de segunda y sírvalas con un vino blanco espumante: todos los invitados creerán que es champagne con caviar y usted – al igual que ejércitos de diplomáticos ahorrativos – ¡quedará como un rey por poca plata!

Si lo hacen todos, ¿por qué no usted, caro y fiel lector?

Introducción al Filtrado de Información

En estos días que Wikileaks se ha ocupado de hacer públicos los secretos mejor (?) guardados de la diplomacia – en particular la americana – me siento en libertad de publicar algunos de los secretos que NO difundieron los de WikiKK.

Por ejemplo, comencemos por el filtrado de información a la prensa.

Algunos pretenciosos lo llaman “Relaciones Públicas” (RRPP) – no confundir con “Relaciones Púbicas” que son una técnica no demasiado refinada de filtrar otro tipo de información.

Relaciones Públicas sería conseguir que los periódicos o la TV divulguen tu noticia gratis – el nombre de tu tienda, tu propio nombre o ¡preferiblemente! tu foto: haces una fiesta, invitas a algunos periodistas, les sirves unos sangüichitos miserables y crees que con ello alcanza para que tu tienda salga en primera plana… ¡Ilusión! Nadie te hará publicidad a cambio de unos flacos canapés y unos vinitos: antes tienes que hacerte relaciones publicas con la prensa y luego que ellos te hagan las RRPP a tí.

Una vez que cultivaste y regaste abundantemente tus relaciones con el periodista – si las regaste con güisqui (así me obliga la computadora a escribir “whisky”), mejor – se puede comenzar el filtrado de información. Al principio, con cautela. Por ejemplo, nunca digas a un periodista “Esto es un secreto entre Usted y yo”, porque él sabe que si se lo cuentas a él, ya se lo contaste o contarás a otros, y por lo tanto, no lo publicará.

Deja caer como por casualidad una frase anzuelo, como “Todo el mundo sabe que los yankis no quieren realmente resolver el problema” y agrega, tras unos momentos de silencio, “y eso me lo confirmó el mismísimo segundo vicecónsul, anoche mismo, en el coctel de la República de San Cristóbal”.

Tampoco pidas al periodista que no publique algo, porque él sabe que si tú se lo dijiste, es para que lo divulgue. Pero no le pidas que sí lo publique, porque seguro te va a pedir algo a cambio (entradas para el palco oficial del partido del domingo, por ejemplo, o un póster para el cuarto de los niños): simplemente deja caer el dato, como al descuido… Como dice la patrona, “hazte el tonto, que te sale bastante bien”.

Por ejemplo, cuando era un joven principiante en las lides de la diplomacia, me llegó un Plan de Paz para al Medio Oriente al que denominé “el enésimo”, por obvias razones. Mi jefe comentó que a estas alturas, nadie le haría caso, no saldría ni en las páginas interiores de un miserable periodicucho barrial.

Tras las correspondientes apuestas (¡esas cosas ni yo las hago gratis!) esta vez por un almuerzo en la fonda de enfrente, tomé el texto y se lo hice copiar a una secretaria en papel membretado oficial, al que agregué un sello en rojo “Secreto – solo para los ojos del Embajador”. Metí todo en un sobre con el escudo nacional, que cerré de una simple lambeteada, pero dejando que el sello rojo se transparentara a través del envoltorio.

A eso de las cuatro de la tarde me aparecí por la redacción de uno de los diarios más difundidos, preguntando por el Jefe de la Sección Deportes: a esa hora recién empezaban a llegar los periodistas, y se desarrolló una interesante tertulia sobre política, mujeres, fútbol y chismes del ambiente. Cuando a la media hora llegó el jefe, nos dispersamos y mi sobre quedó “olvidado” sobre la mesa.

Me crucé a un bar, me tomé un café y regresé, muy afligido, a buscar el sobre que se me había quedado por ahí… que obviamente ya no estaba en el sitio, y nadie sabía de él.

Al día siguiente, mi jefe pagó, creo que satisfecho, sendos bisteques mientras leíamos el titular de primera plana: “EXCLUSIVO – PLAN SECRETO DEVELADO”.

En resumen: solo se sabe lo que se quiere hacer saber… más o menos.

La próxima vez, les revelo el secreto del éxito en los cócteles.

Revelaciones diplomáticas

Parece que el mundo no se desmoronará, ni la honorable profesión de los diplomáticos quedara invalidada por las olas de Wikileaks o Wikicaca, pero igual me siento muy afectado, en lo personal y en lo profesional.

Mis fieles y leales lectores se peguntarán por qué, si ninguno de los doscientos mil cables secretos que se publicaron no me mencionan… justamente por éso: nada más frustrante para un diplomático que pasar desapercibido.

Me explicaré: el poeta J.N.Bialik dijo una vez: “Entran al salón por una puerta el Tercer Secretario del Cuarto Cónsul de Timbuctú, y por la otra el laureado poeta, y el público ovaciona … al cónsul”.

Más grave que informar sandeces a nuestros Gobiernos, es pasar inadvertido cuando las necedades de otros se publican.

Ello me lleva a varias reflexiones, sobre si está bien que Wikimugre publique los telegramas secretos de las embajadas:

Por un lado,: generalmente nos queda la impresión de que en nuestras cancillerías nadie lee nuestros informes: recuerdo una ocasión en la que un colega se quejó de que había mandado reiterados pedidos para que lo autoricen a comprar cierto aparato para su despacho (creo que una lámpara de mesa, pero no estoy seguro). Meses esperó el permiso, y cuando por fin compró la susodicha lámpara, recibió una seria bronca por no haberlo solicitado…

A veces sí los leen: por ejemplo, cuando comenté que un determinado ministro en cierto país había hecho un comentario “excepcionalmente atinado, probablemente debido que – por excepción – el personaje estaba sobrio”, recibí una crítica por haber usado la misma palabra dos veces en la misma frase.

Otro tema es decidir en qué medida es importante la opinión de un embajador sobre la salud mental o capacidad emotiva de los funcionarios con los que está en contacto: casi seguro estoy de que la mayoría de los representantes extranjeros en algunos países están convencidos de la locura, o de la inmadurez, o de la sandez patológica de los respectivos Presidentes… y que conste que no estoy sugiriendo que, por ejemplo, Hugo Chávez sea extravagante en sus declaraciones… Insisto, no sé en que medida sus originales manifestaciones sobre política internacional, por caso, hayan reducido en un litro las compras de combustible venezolano de ningún país.

Y para no ir muy lejos: un colega me comentó que en cierta oportunidad estuvo asignado a un país que entró en guerra con su vecino, por lo que se dedicó a informar a sus superiores sobre los triunfos bélicos, basándose – como lo hacen todos en todas partes – en lo que aparecía en los periódicos. ¡Cuál fue su sorpresa al recibir copia de los informes de su colega en el otro país, detallando todas las derrotas atribuidas en uno de los lados, como triunfos en el otro y viceversa! ¿Es muy complicado? Lo simplifico: cada uno de los contrincantes se asignaba la victoria y al otro la derrota: ¡una especie de “guerra win-win”! Y los diplomáticos solamente leían los diarios de su lado… en esos tiempos no había Internet.

Para no ser menos, yo también revelaré un documento secreto, y comprometedor – Felipe González y los Reyes de España, bailando sevillanas con Yitzhak Shamir. Y si no me cree, pase a la sección “Aquí están las fotos”.

¡A ver qué escándalos suscito con esta revelación!