Una vez, uno de mis jefes me recriminó porque no informaba lo suficiente: le respondí que no lo hacía porque no estaba seguro de que leía mis informes. Nunca contestó – creo que no leyó mi respuesta.
En otra oportunidad, un colega que trabajaba en cierto país que iba a construir una represa hidroeléctrica pidió informes sobre los efectos que estas instalaciones tenían sobre la población que vivía cerca de ellas.
Le contesté que – después de haber hecho las averiguaciones pertinentes – los resultados eran:
· Según la empresa constructora, la electricidad estática producida por los cables de alta tensión podría interferir en las comunicaciones telefónicas paralelas;
· Según el Ministerio de Salud, el ruido producido por las turbinas podría afectar la capacidad auditiva de la población lindera;
· Según el Ministerio de Medio Ambiente, las aves migratorias podrían cambiar sus itinerarios anuales;
· Según la Dirección de Parque Nacionales, los árboles de alrededor podrían verse afectados por las corrientes de aire;
· Según la Facultad de Ciencias del Comportamiento, la mencionada electricidad estática podría elevar la tensión y nerviosismo de los vecinos, a lo que la Policía agregó que ello podría aumentar los casos de delincuencia – empeorándose (según el Instituto de Salud Mental) – la tasa de suicidio.
· La Asociación de Psiquiatras opinó que – posiblemente – cierta parte de la población se vería afectada por trastornos nerviosos y hasta impotencia sexual… y un largo etcétera que prefiero ahorrar a mis leales y fieles lectores.
El caso es que en nuestro pequeño y arrugadito país no hay ni una sola usina hidroeléctrica ni para remedio, salvo una que se construyó sobre el Rió Jordán en un remoto pasado y quedó en desuso luego de la guerra… por obvias razones.
El destinatario del informe agradeció nuestro esfuerzo (innegablemente inventado, porque no íbamos a hacer el papelón de ir a nadie con semejantes preguntas irrelevantes) y prometió pasarlo a las autoridades respectivas en su país de residencia: ¡es claro que ni se tomó el trabajo de leer el texto hasta el final!
Cuentan que un embajador en cierto país africano anunció a su Cancillería que el sótano de su residencia sufría de filtraciones de agua, por supuesto, sin recibir contestación. A la semana siguiente, informó que el agua había subido a 20 centímetros: igual carencia de resultados. La cuarta o quinta carta, en la que explicaba que no solo el sótano estaba inundado, sino que ya había en él pescaditos, recibió una lacónica respuesta: “Enviaremos un equipo de pesca con el próximo correo diplomático”.
Fue Benjamín Franklin, embajador de los Estados Unidos ante la corte del Rey de Francia antes de la Revolución (francesa, por supuesto), quien una vez comentó: “Si mi gobierno no contesta mi carta de hace un año antes de fin de este año, les escribiré una fuerte protesta el año próximo”.
Por eso insisto, los únicos que se benefician de los informes diplomáticos son los chicos de WikiKK… y los funcionarios con sentido del humor.