Un par de reacciones sobre el asunto de que me colé por error a una boda, me refirieron a otro error que cometí – hace unas pocas semanas – y que me fue de gran utilidad, o al menos de diversión.
En el Centro Cultural local de mi pueblito (de alguna manera debo llamarlo) apareció un aviso anunciando un ciclo de conferencias públicas de un conocido (¿) matemático, de quien ya había oído una interesante clase sobre Teoría de los Juegos: sin leer el programa detallado me anoté en el curso, y hasta pagué el abono.
La señorita de la taquilla expresó su asombro sobre la popularidad del disertante, al que respondí con el famoso “hay gente pa’todo”, sintiéndome estimulado por haber aprendido que mucha gente comparte mi interés en las matemáticas poco convencionales.
En fin, la sala de conferencias – que también es de conciertos de cámara, fines de curso estudiantiles y galería de artes plásticas – estaba francamente abarrotada, al punto de que mi asiento estaba ocupado por una bastante joven señora que descartó la posibilidad de sentarse en mis rodillas o viceversa, y me obligó, junto a varias decenas de asistentes, a reclamar lugares en la taquilla… en la que la empleada seguía mezclando pasmo con ineficiencia.
El disertante-showman, que había deambulado por el salón conversando con – presuntamente – sus fieles y leales seguidores (que ahora veo que no soy el único en el mundo que los tiene), subió finalmente al escenario y anunció que, dado que la calma había retornado al salón, iniciaría su conferencia usando como centro del debate y bibliografía los textos “El Osito Púh”, “El Principito”, “Alicia en el País de las Maravillas” y otros que no recuerdo.
Las carcajadas del público me hicieron dudar de si estaba en la conferencia correcta; aparentemente sí: tras desarrollar al inicio el tema “de cómo hacer nada y no sentirse culpable” y citar a Baruch Spinoza diciendo “enojarse es castigarse por la idiotez ajena”, el disertante avisó que se abocaría al tema – y lo inició manifestando: “todas las mañanas me levanto de la cama con un montón de grandes iniciativas… lástima que no me las acuerdo después de haberme cepillado los dientes”.
Yendo al meollo de la cuestión, el famoso profesor contó un par de anécdotas sobre matemáticos de la antigüedad – que supongo que todos mis lectores conocen – propuso varias técnicas para dejar de pensar (mirando por la TV el canal de la oda, por ejemplo, o el de recetas de cocina…) y presentó, casi de pasada, un par de teoremas de cálculo de probabilidades.
Llegando casi al cierre de la hora lectiva, el conferenciante citó también a su abuela, que al cumplir 100 años decía “hablo sola porque en esta casa no hay nadie a mi nivel con quien conversar”, y anunció el tema de su próxima disertación: “hay un límite en la capacidad que uno puede tener de preocuparse por todo”.
El público, regocijado, se iba retirando mientras yo reflexionaba en mi butaca: ¿es que la única manera que tiene el hombre actual (y por supuesto la mujer) para aprender matemáticas es mediante la tomadura de pelo? ¿Es que ya no queda nada serio en este mundo? ¡Cómo extraño las aburridas clases, llenas de inextrincables fórmulas y desesperantemente tediosas!
A decir verdad – frase que generalmente precede a una rotunda mentira – no recuerdo ni una de las ecuaciones, pero me acuerdo de un par de chistes y… reconozco que la pasé muy bien, por error.