Archivo mensual: enero 2011

De cosas que aprendí por error

Un par de reacciones sobre el asunto de que me colé por error a una boda, me refirieron a otro error que cometí – hace unas pocas semanas – y que me fue de gran utilidad, o al menos de diversión.

En el Centro Cultural local de mi pueblito (de alguna manera debo llamarlo) apareció un aviso anunciando un ciclo de conferencias públicas de un conocido (¿) matemático, de quien ya había oído una interesante clase sobre Teoría de los Juegos: sin leer el programa detallado me anoté en el curso, y hasta pagué el abono.

La señorita de la taquilla expresó su asombro sobre la popularidad del disertante, al que respondí con el famoso “hay gente pa’todo”, sintiéndome estimulado por haber aprendido que mucha gente comparte mi interés en las matemáticas poco convencionales.

En fin, la sala de conferencias – que también es de conciertos de cámara, fines de curso estudiantiles y galería de artes plásticas – estaba francamente abarrotada, al punto de que mi asiento estaba ocupado por una bastante joven señora que descartó la posibilidad de sentarse en mis rodillas o viceversa, y me obligó, junto a varias decenas de asistentes, a reclamar lugares en la taquilla… en la que la empleada seguía mezclando pasmo con ineficiencia.

El disertante-showman, que había deambulado por el salón conversando con – presuntamente – sus fieles y leales seguidores (que ahora veo que no soy el único en el mundo que los tiene), subió finalmente al escenario y anunció que, dado que la calma había retornado al salón, iniciaría su conferencia usando como centro del debate y bibliografía los textos “El Osito Púh”, “El Principito”, “Alicia en el País de las Maravillas” y otros que no recuerdo.

Las carcajadas del público me hicieron dudar de si estaba en la conferencia correcta; aparentemente sí: tras desarrollar al inicio el tema “de cómo hacer nada y no sentirse culpable” y citar a Baruch Spinoza diciendo “enojarse es castigarse por la idiotez ajena”, el disertante avisó que se abocaría al tema – y lo inició manifestando: “todas las mañanas me levanto de la cama con un montón de grandes iniciativas… lástima que no me las acuerdo después de haberme cepillado los dientes”.

Yendo al meollo de la cuestión, el famoso profesor contó un par de anécdotas sobre matemáticos de la antigüedad – que supongo que todos mis lectores conocen – propuso varias técnicas para dejar de pensar (mirando por la TV el canal de la oda, por ejemplo, o el de recetas de cocina…) y presentó, casi de pasada, un par de teoremas de cálculo de probabilidades.

Llegando casi al cierre de la hora lectiva, el conferenciante citó también a su abuela, que al cumplir 100 años decía “hablo sola porque en esta casa no hay nadie a mi nivel con quien conversar”, y anunció el tema de su próxima disertación: “hay un límite en la capacidad que uno puede tener de preocuparse por todo”.

El público, regocijado, se iba retirando mientras yo reflexionaba en mi butaca: ¿es que la única manera que tiene el hombre actual (y por supuesto la mujer) para aprender matemáticas es mediante la tomadura de pelo? ¿Es que ya no queda nada serio en este mundo? ¡Cómo extraño las aburridas clases, llenas de inextrincables fórmulas y desesperantemente tediosas!

A decir verdad – frase que generalmente precede a una rotunda mentira – no recuerdo ni una de las ecuaciones, pero me acuerdo de un par de chistes y… reconozco que la pasé muy bien, por error.

En defensa de los colados

El tema de los colados a las fiestas, reuniones y celebraciones pareciera ser un éxito de rating: muchos y variados comentarios ya ha generado entre nuestros fieles y leales lectores… la mayoría en contra.

Como es mi costumbre, salgo a la defensa de pobres, ausentes… y colados: sin entrar en filosofías baratas ni psicologías trasnochadas, trataré de mirar las cosas desde otro punto de vista.

Una forma sencilla que tenemos todos para colarnos son las “revistas del corazón”, cuya cúspide intelectual es el “Hola” español, seguido por una pléyade de imitadores en cada ciudad que se precie: estos esperpentos periodísticos nos dan oportunidad de ver de cerca a los famosos, los ricos y los de sangre más o menos azul.

Tenemos la impresión de asistir a la cena de gala de los Reyes de Trutenia, la presentación en sociedad de las quinceañeras de San Cristóbal del Estero, la noche de bodas de Michel Lamercier y hasta el nacimiento de su heredero (usted se preguntará quien es Michel Lamercier: es un “famoso” que vive en San Cristóbal del Estero, capital del reino de Trutenia… y se casó con la estrellita de cine Yuyú Chinchilla).

A la semana siguiente, cambian las fotos y los nombres, pero el argumento sigue siendo el mismo, y usted sigue ilusionándose que estuvo.

No sea que le pase lo que a ese consuetudinario colado de los cócteles diplomáticos en Bogotá, que terminó siendo secuestrado en un copamiento y se tragó varias semanas en la embajada, compartiendo con los insoportablemente y verdaderamente famosos, que hablaban entre ellos pero a él, ni la hora…

También están los colados involuntarios: una vez llegué en horario a una misa de esponsales en Lima, me presenté a los padres de los felices contrayentes y entregué discretamente un sobre con el regalo: sucede que no sabía que las bodas en Lima se celebrar un par de horas más tarde de lo anunciado. Lo peor es que no supe como recuperar el sobre y los novios tan felices por haber recibido un inesperado cheque de un embajador desconocido. ¡Todo por llegar puntual!

Sobre los colados profesionales – “perejiles”, etc; ver nota anterior – también hay un comentario positivo: en otra de las capitales, un grupo de estos frecuentadores de ágapes ajenos organizó una fiestita, creo que de fin de año, o algo por el estilo. Ni cortos ni perezosos nos organizamos varios colegas y nos metimos a manducar sus canapés y sus croquetas en una especie de acto reivindicatorio: tú te metes en mis fiestas sin invitación, yo me meto en las tuyas.

Y el castigo no se hizo esperar: la media docena de representantes extranjeros que estábamos allí tuvimos que conversar entre nosotros, tratando de ignorar las miradas furiosas con que nos traspasaban los dueños de casa y sus amigos, ante nuestro descaro de venir a donde no nos habían invitado: no estoy seguro de quién se vengó de quién, pero el ambiente estaba más que tenso hasta que discretamente nos retiramos.

Por cierto que a la primera oportunidad, los “perejiles”, “croquetas” y similares volvieron a la carga y se presentaron a comer gratis: ser colado – insisto – es una vocación vital, una filosofía de supervivencia.

Teoría y práctica del “colado” a las fiestas

Estimulado por mi amigo el periodista montevideano Julio S. (yo sé que él preferiría mantener su nombre en secreto) y sus aventuras con los “perejiles” – que pueden ser leídas en su facebook, para quienes tienen la dirección – me veo en la obligación de poner un poco de orden en el trascendente tema de los “colados”.

Si llamamos “perejiles” a los periodistas más o menos acreditados, que suelen asistir a los ágapes, inauguraciones o cócteles, debemos diferenciarlos de los no-periodistas: los que vienen de colados pero sin la justificación profesional.

Porque los “perejiles” (que están en todas las salsas) son, en el fondo, periféricos al periodismo: algunos publican algo aquí o allá, o publicaron en su momento, o piensan publicar o difundir alguna nota por radio. De periodistas tienen, al menos, la esperanza.

Hay otros, que denominamos “las croquetas” por estar siempre en los cocteles: son impulsados por el sano deseo de estar, simplemente estar. Estar presentes en las misas de boda, en la celebración de los aniversarios de países extranjeros, en las inauguraciones de exposiciones… en todo sitio donde no es tan importante qué te dan de comer como con quién te codeas.

Por ejemplo: una querida amiga porteña (seria y de buena fama como abogada especialista en algún recóndito vericueto del Derecho Comercial) nos arrastró una vez al estreno de una obra de teatro en Buenos Aires… ¡solo para estar del otro lado de la cuerda de raso que la separaba de la alfombra roja por donde iban a entrar los célebres a la platea! Ni que decir que los – para mí desconocidos – famosos pasaron a nuestro lado como una exhalación, si siquiera mirar a los costados. A eso lo llamo “cholulaje”, termino algo pasado de moda, pero efectivo aún.

Ese es un caso extremo; lo más común es los que son invitados a las reuniones diplomáticas “por tradición”: el Tercer Secretario de la Republica de San Cristóbal era vecino de piso de ellos en 1975 y, por cumplir, los invitó ese año al coctel de aniversario; luego quedaron en la lista; pasaron los Cónsules y los Embajadores, pero ellos siguen siendo invitados. Una vez, en casa de amigos, se me apersonó una señora quejándose de que no la invitábamos más a nuestras recepciones, desde hacía años. Al preguntarle – respetuosamente – quién era, me dijo que fue la dentista de la esposa del embajador a principios de los ’80, y que por ese entonces era siempre invitada. No me quedó claro si estaba sugiriéndome sus servicios odontológicos o reclamando los canapés retroactivamente desde esos años.

Finalmente los que vienen a comer gratis – a los que llamaría los “gasteropodos”, que vienen simplemente a comer: mi padre me contaba que en sus tiempos de estudiante de provincias en la capital – abundantes en la escasez de comida, entre otras insolvencias – solían acercarse a los salones de fiestas y entrar subrepticiamente, engullendo cuanto podían antes de ser detectados y debidamente echados; en una de las fiestas, el animador pidió que los amigos del novio se ubicaran a la izquierda del escenario, y los de la novia a la derecha… y luego expulsó a todos: era un Bar Mitzvá.

Ahora eso pasa menos por las invitaciones impresas, los mails y un retroceso en la hambruna estudiantil, pero en las celebraciones diplomáticas… ¡ni se imaginen! Al punto que en una de mis misiones, decidí poner afuera del salón una mesa para evitar el papelón de los colados, pero varios colegas me pidieron no volver a hacerlo: sentaba un mal precedente.