Archivo diario: enero 8, 2011

En defensa de los colados

El tema de los colados a las fiestas, reuniones y celebraciones pareciera ser un éxito de rating: muchos y variados comentarios ya ha generado entre nuestros fieles y leales lectores… la mayoría en contra.

Como es mi costumbre, salgo a la defensa de pobres, ausentes… y colados: sin entrar en filosofías baratas ni psicologías trasnochadas, trataré de mirar las cosas desde otro punto de vista.

Una forma sencilla que tenemos todos para colarnos son las “revistas del corazón”, cuya cúspide intelectual es el “Hola” español, seguido por una pléyade de imitadores en cada ciudad que se precie: estos esperpentos periodísticos nos dan oportunidad de ver de cerca a los famosos, los ricos y los de sangre más o menos azul.

Tenemos la impresión de asistir a la cena de gala de los Reyes de Trutenia, la presentación en sociedad de las quinceañeras de San Cristóbal del Estero, la noche de bodas de Michel Lamercier y hasta el nacimiento de su heredero (usted se preguntará quien es Michel Lamercier: es un “famoso” que vive en San Cristóbal del Estero, capital del reino de Trutenia… y se casó con la estrellita de cine Yuyú Chinchilla).

A la semana siguiente, cambian las fotos y los nombres, pero el argumento sigue siendo el mismo, y usted sigue ilusionándose que estuvo.

No sea que le pase lo que a ese consuetudinario colado de los cócteles diplomáticos en Bogotá, que terminó siendo secuestrado en un copamiento y se tragó varias semanas en la embajada, compartiendo con los insoportablemente y verdaderamente famosos, que hablaban entre ellos pero a él, ni la hora…

También están los colados involuntarios: una vez llegué en horario a una misa de esponsales en Lima, me presenté a los padres de los felices contrayentes y entregué discretamente un sobre con el regalo: sucede que no sabía que las bodas en Lima se celebrar un par de horas más tarde de lo anunciado. Lo peor es que no supe como recuperar el sobre y los novios tan felices por haber recibido un inesperado cheque de un embajador desconocido. ¡Todo por llegar puntual!

Sobre los colados profesionales – “perejiles”, etc; ver nota anterior – también hay un comentario positivo: en otra de las capitales, un grupo de estos frecuentadores de ágapes ajenos organizó una fiestita, creo que de fin de año, o algo por el estilo. Ni cortos ni perezosos nos organizamos varios colegas y nos metimos a manducar sus canapés y sus croquetas en una especie de acto reivindicatorio: tú te metes en mis fiestas sin invitación, yo me meto en las tuyas.

Y el castigo no se hizo esperar: la media docena de representantes extranjeros que estábamos allí tuvimos que conversar entre nosotros, tratando de ignorar las miradas furiosas con que nos traspasaban los dueños de casa y sus amigos, ante nuestro descaro de venir a donde no nos habían invitado: no estoy seguro de quién se vengó de quién, pero el ambiente estaba más que tenso hasta que discretamente nos retiramos.

Por cierto que a la primera oportunidad, los “perejiles”, “croquetas” y similares volvieron a la carga y se presentaron a comer gratis: ser colado – insisto – es una vocación vital, una filosofía de supervivencia.